Del poliamor y otros demonios

Por Juliana Bustamante Reyes
Abogada y docente, Universidad de los Andes
@julibustamanter

En los últimos años se ha empezado a hablar de un tema que no es novedoso, pero sobre el cual ha primado el silencio y el tabú: formatos relacionales alternativos que involucran a más de dos personas y que oscilan entre la simple relación abierta hasta la anarquía relacional, con todas las posibilidades que pueden desarrollarse en el medio. Esta tendencia, que genéricamente se nombra como ‘poliamor’, es una respuesta lógica a un sistema heteronormativo que ha sido esencialmente opresor de los deseos de las personas que hacen parte de relaciones convencionales y seguramente se ha visibilizado –en su forma más moderna– gracias a la exposición a información de redes sociales, a la crisis profunda que ha venido enfrentando el sistema neoliberal y patriarcal en el que –al menos occidente– está consumido, así como a las conquistas en materia de derechos que han venido alcanzando grupos y colectivos tradicionalmente marginados.

Viniendo de una larga experiencia monógama, he conocido algo sobre la vida poliamorosa y no puedo decir que estoy a favor o en contra de ella. En realidad, es muy difícil adoptar una postura definitiva al respecto porque precisamente lo que se reivindica es un abanico enorme de posibilidades de relacionarse, algunas de las cuales pueden funcionarnos, mientras otras no.  Lo que sí considero valioso es que exista una determinación por derribar desde la experiencia viva los límites impuestos desde fuera por mitos religiosos, generalmente morbosos, e imaginarios reproductivos como propósito único de la vida.

Formas de poliamor hay muchas, que pueden ser o no jerárquicas:  una relación estable abierta principal, con otros vínculos; poligamia, que es más horizontal;  formatos de relaciones alternativos explícitos, como triejas, dentro de un hogar con hijos, por ejemplo; vínculos con personas diversas sexualmente y cualquier otro tipo de relación sexo-afectiva por fuera de las normas impuestas por el sistema social y religioso occidental tradicional que conocemos, en donde todas las partes están informadas de lo que ocurre y así lo asumen. En mi experiencia personal puedo decir que involucrarse en una dinámica poliamorosa, cualquiera que sea, es un riesgo enorme en materia emocional. Esa realidad ha venido intentándose mermar a partir de una retahíla infinita de reglas sobre responsabilidad emocional y el surgimiento de una especie de culto sobre el tema, que asfixian la naturalidad de esas relaciones. Así, el reto ético que estas nuevas formas de vincularse presentan, ha llevado a intentar regularlas, lo que resulta paradójico, pues lo que se quiere combatir con el poliamor es precisamente la regulación que nos impuso un sistema determinado; es decir, no parece muy coherente acabar un mandato creando otro.

Estoy convencida de que es posible querer
y desear a varias personas a la vez

Vale la pena preguntarse algunas cosas sobre lo que estas apuestas pueden implicar. Por ejemplo, en un país machista y patriarcal como Colombia, en el que la infidelidad y el maltrato a las mujeres dentro de sus relaciones estables ha sido regla general, el poliamor puede aparecer como un validador de ese tipo de comportamientos que más que apostar por formas distintas y más amplias de amar, elimina el aspecto de culpa de los tradicionales ‘cachos’, sin que al final cambie mucho la problemática. Y aunque no pretendo victimizar a las mujeres, estoy convencida de que ser abiertamente poliamorosa es mucho más difícil para ellas que para ellos, porque es cuando la mujer actúa en consecuencia que realmente se quiebra el mandato y, por lo tanto, cuando vienen los juicios y la exclusión de esa que se ’volvió una promiscua o se enloqueció’. En esta misma línea, algunos críticos del poliamor hablan de que se trata de la venganza de las mujeres contra un sistema que nunca les ha permitido nada distinto a cumplir con el mandato del matrimonio para toda la vida. Todo esto solo muestra que el nuestro es un sistema que ha sido muy lesivo, maltratante e hipócrita sobre todo con las mujeres. El poliamor reclama justamente el derecho de todas las personas a vivir en libertad, reconociendo a los otros y otras que hacen parte de la vida de cada una.

Personalmente, creo que la experiencia de tener vínculos simultáneos con varias personas es más natural de lo que se quiere reconocer: cada persona es un mundo y tiene cosas únicas que dar y una sola persona difícilmente puede llenar todas las necesidades emocionales y afectivas de otra. En efecto, estoy convencida de que es posible querer y desear a varias personas a la vez. Lo que ocurre es que se requiere demasiado trabajo para lograr que eso funcione, pues los niveles de consciencia de las personas involucradas frente a esa decisión son muy variables, y generalmente siempre existe alguien que sale lastimado. El ego y los celos dentro del vínculo o en personas que no están dentro de él, pero que hacen parte de la dinámica, con frecuencia se imponen y acaban dañando esas relaciones.

En todo caso hay que decir que, en medio de tanta información disponible, en un entorno confuso y a veces tan deshumanizado por las rutinas productivas y por la tecnología, es reconfortante ver que el amor y la sexualidad tengan un espacio para repensarse y reivindicarse, más allá de la dogmática o el academicismo. Que haya búsquedas de nuevas formas de conectar, nos recuerda que somos humanos, independientemente del juicio de valor moral sobre lo que está bien o mal. Que el placer y el deseo se reconozcan como inherentes a la experiencia humana y que buscar su satisfacción sea un derecho que se reclame, es una expresión potente de las ganas de vivir que son al final las que mantienen al mundo en movimiento.  

*Abogada y docente, Universidad de los Andes
@julibustamanter