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Problema semántico

Por Vladimir Flórez,
Director de UN PASQUÍN

Desde que tengo memoria, para referirnos a ciertas cosas o a ciertas personas, los colombianos somos dados a usar ciertos eufemismos con el objeto de suavizar lo que queremos decir o de evitar sonar demasiado agresivos. Por otra parte, siempre sorprendemos a los extranjeros con esa manía tan nuestra de usar diminutivos para todo, pero eso daría para una notica diferente.

A pesar de que tenemos tan buena fama en el vecindario latinoamericano por el uso que hacemos del castellano, lo cierto es que es lamentable que no hubiéramos aprendido a ser más directos con el lenguaje, tal como lo hacen los españoles, que a los oídos de muchos de nosotros parecen demasiado crudos al expresarse, sobre todo cuando mencionan ciertas partes del cuerpo.

Sin embargo más allá de las descripciones anatómicas, ese modo de hablar nuestro tan particular –convertido en una especie de ‘etiqueta idiomática’– no es más que una falta de precisión, que no por común deba ser necesariamente recomendable.

En Colombia, describimos como complicada a una persona que es insoportable; de la mujer que se acuesta con cualquiera, decimos que es una vieja muy loca; y el tipo promiscuo, resulta que es un señor muy inquieto. Al cáncer –y seguramente al sida– se le dice penosa enfermedad; a la menstruación, la llaman indisposición; y al embarazo, estado interesante.

“Los colombianos decimos que un asesino es un tipo tenaz; al narcotráfico le decimos crimen organizado; los narcos ahora se llaman delincuentes políticos y a la abdicación del estado la llaman proceso de paz.

A los indigentes, les dicen desechables; al contrabando, se le dice comercio informal; para referirnos a un ladrón, decimos que es alguien indelicado; a los asesinatos, se les dice ajusticiamientos; a los secuestros, les dicen pescas milagrosas; a los muertos inocentes, los denominan víctimas colaterales; a los rehenes, prisioneros de guerra; y al conflicto armado le dicen amenaza terrorista. Cuando hablamos de un asesino, decimos que es un tipo tenaz; al narcotráfico le decimos crimen organizado; de los testaferros decimos que es gente que anda en negocios raros; los narcos ahora se llaman delincuentes políticos y a la abdicación del estado la llaman proceso de paz.

Como se ve, esas imprecisiones no obedecen solamente a la conversación cotidiana, sino que hacen parte del lenguaje que se estila en los medios de comunicación y en las altas esferas del gobierno y que tuvo un memorable aporte el año pasado en un Consejo Comunal en Providencia, cuando el presidente de la República, al referirse al sainete de fuga, persecución y entrega del señor Adolfo Paz, rechazó enfáticamente que compararan el proceso con las AUC con la política de sometimiento del gobierno Gaviria.

“Mis retractores no me tienen que recordar a mí lecciones de transparencia”, dijo el Primer Mandatario, en una frase sin sentido, puesto que el presidente Uribe no tiene un solo retractor en este país. Y no lo digo por su 70 por ciento de popularidad en las encuestas, sino por una razón más simple pero contundente: la palabra ‘retractor’ no existe.

Me pregunto si esa expresión fue producto de la proclividad del presidente Uribe a evitar llamar las cosas por el nombre, o si simplemente fue un error, cosa que dudo, pues hasta donde tengo entendido él poco se equivoca. A lo mejor su intención fue denominar así a sus adversarios, para no llamarlos directamente detractores, que es una palabra tan ofensiva en estos tiempos de consenso.

 

 


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