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Las ideas y la panela

Los debates no son una competencia para vender panela, sino una oportunidad para que los ciudadanos puedan comparar entre las diversas posturas y escoger el que más les convenza para gobernar el país.

Por Carlos Villar Borda*
Especial para UN PASQUÍN

Cualquier persona que aspire a gobernar a los colombianos debe tener algunas ideas. Yo creo que hasta el doctor Horacio Serpa las tiene, aunque no sean muy brillantes. ¿Qué ideas? Pues, primero que todo, sobre la base de un régimen democrático, que es el que se supone nos rige. Ideas sobre la evolución histórica del estado–nación, con sus diferentes etapas; ideas básicas de sociología y no tan superficiales sobre historia moderna y antigua; ideas sobre los derechos del hombre y sobre ese equilibrio supuesto entre la libertad, la igualdad y la fraternidad (tan imposible de alcanzar en mientras no cambie la naturaleza del hombre); ideas sobre el estado de la nación, especialmente en lo relativo a sus necesidades y falencias, y, en fin, ideas muy concretas sobre lo que se puede concretar o cumplir en los campos de la edcación, la salud pública, la alimentación y la paz, que es el anhelo colectivo de todos nosotros.

Pero resulta que nuestro ilustre presidente–candidato no tiene ideas sino panela. Por esta razón explicó su renuencia a asistir a un debate en vivo y en directo por televisión con los demás candidatos recurriendo a un adagio de su tierra montañera que dice: “Para vender mi panela, no tengo necesidad de desacreditar la de mis vecinos”.

En realidad el refrán es poco aceptable como excusa porque no se trata de una competencia para vender panela, sino de un enfrentamiento para que los ciudadanos puedan comparar entre las diversas posturas y escoger el que más les convenza para gobernar el país. Cómo sería de útil y agradable una conversación al aire entre el candidato–presidente y el doctor Carlos Gaviria, para que los lectores aprendan algo tanto del uno como del otro.

Sin embargo, el adagio antioqueño citado demuestra que el candidato–presidente no entiende el debate como una confrontación de ideas, sino como una ocasión para desacreditar a los competidores. Él no se quiere rebajar a conversar con otros a quienes considera muy inferiores. Le parece que de esa forma estaría dándoles vitrina a los demás, cuando él ya tiene toda la que necesita para ganar.

Además, la excusa que dio para no presentarse en los debates es una radiografía de su personalidad: para gobernar, nuestro candidato–presidente no necesita opiniones ajenas porque las de él son superiores y mejores, y está seguro de que eso le va a dar la victoria. Lo cual se confirma con el comportamiento mediatizado de todos los medios de información, que reducen a su mínima expresión toda noticia que le pueda ser adversa, y maginifican, en cambio, la distorsión estadística que emanan de todas las entidades oficiales, especialmente del Dane, en donde se tuvo el cuidado de colocar a un obsecuente de las ideas e intenciones del Palacio de Nariño. De allí salen los trozos de panela con las cuales se ataca al enemigo.

El temperamento presidencial es realmente de panelazo limpio. Cuando se presenta un problema con la erradicación manual en la sierra de La Macarena la orden presidencial es bombardear sin tener en cuenta a los cien mil colonos que residen en la zona. Cuando se presentan los actos de corrupción en el Das, en la policía, en las fuerzas militares, en las gobernaciones, en las alcladías o en los institutos descentralizados –a pesar de haber sido una de las promesas de campaña acabar con ella– o no se informa o se tergiversan las cifras para demostrar que “el ritmo de aumento disminuyó”.

Y se sigue diciendo que no hay conflicto, cuando la escalada de las Farc en víspera de las recientes elecciones no fue tanto para perturbar el proceso electoral como para demostrar que el conflicto subsiste. Antes y después del 12 de marzo pasado, cinco departamentos estuvieron en crisis total, y otros cuatro lo estuvieron parcialmente, en virtud del paro armado decretado por la guerrilla.

La cantidad de desplazados es proporcionalmente superior a la de Afganistán, pero no se ven medidas para ayudarlos a sobrevivir. Cada momento de un acontecimiento de alteración del orden va acompañado inmediatamente de una promesa de ayuda, pero tres o seis meses más tarde la población afectada dice que no se ha hecho nada por ella. Es difícil creer que las Farc van a ser derrotadas a panelazos.

Encima de todo, este gobierno ha llevado las relaciones exteriores en tal forma que nos ha situado en el deshonroso papel de lacayos de Mr Bush. El candidato–presidente recibió de Washington el encargo de actuar como punta de lanza, a ver si es capaz de ablandar el corazoncito de Hugo Chávez y Evo Morlaes, a tiempo que se anunciaba que toda la ayuda militar estadounidense puede utilizarse para cualquier cosa diferente a combatir el terrorismo y el narcotráfico, lo cual pone al país en una situación extremadamente delicada y de riesgo, como puede entenderlo cualquiera que tenga dos dedos de frente.

Qué ganó el candidato–presidente con sus gestiones? La cancelación de una reunión en Caracas con Hugo y el irónico regalo que le hizo Evo en La Paz de media libra de hoja de coca disfrazada en un retrato de Bolívar. Hoy es el día en que no sabemos si esa coca ya fue debidamente procesada y generosamente enviada a Mr Bush en Washington. Pero de lo que estoy seguro es de que Uribe sí le llevó a Evo de regalo una panela de las suyas.


*Periodista.

 

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