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SALIENDO DEL CLÓSET

De la libertad

Vivimos en un tiempo de crecientes inseguridades colectivas, donde el horizonte político se caracteriza por un sinnúmero de amenazas reales o imaginadas. La violencia seduce más que la razón.

Por Natalia Springer*
Especial para UN PASQUÍN

Hace exactamente sesenta y cinco años, el filósofo y psicólogo Erich Fromm, representante de la Escuela de Frankfurt y refugiado de los Nazis publicó su primer libro en inglés, que rápidamente se convertiría en un clásico: El Miedo a la libertad (1941).

A pesar de haber sido escrito a la sombra del régimen más totalitario de la historia y en los márgenes de la Segunda Guerra Mundial, aún hoy nos puede sorprender por su asombrosa e inquietante actualidad en cuanto revela como la libertad fue y sigue siendo la aspiración por excelencia de todos los hombres y mujeres oprimidos desde el inicio de la historia.

La sociedad de hoy goza de libertades nunca antes imaginadas, entonces ¿Porque, esta libertad producto de tanto sacrificio resulta tan amenazante, tan inquietante, tan inmanejable para el hombre moderno?, ¿Porque hay quienes prefieren renunciar a ella, entregarla al mejor postor o incluso serle indiferente?. Fromm, llego a la conclusión provocativa de que la liberación disuelve los vínculos tradicionales, lo que genera una soledad y un aislamiento profundos que lo llenan de angustia y duda y lo empujan hacia nuevas formas de sumisión y hacia el ejercicio de actividades irracionales y de carácter compulsivo.

Sólo cuando superamos la infinita soledad y la insoportable impotencia que se pronuncian como estado inicial en el ejercicio de la libertad, dice Fromm, podemos progresar hacia la libertad positiva que nos reconecta espontáneamente con el mundo, a través del trabajo, del amor y del uso de nuestras facultades emocionales e intelectuales, sin despojarnos de la integridad e independencia de nuestro yo individual. El otro camino, de apariencia más fácil, es retroceder, abandonar la libertad y tratar de evadir la brecha que se ha abierto entre la personalidad individual y el mundo.

Esta evasión, sin embargo, no conduce a la genuina felicidad ni a la libertad positiva, sino que exige la rendición más o menos completa de la individualidad y de la integridad del yo. Es una forma profundamente neurótica, que evita solamente que se dispare una angustia insoportable, y que limita el actuar a comportamientos de carácter automático o compulsivo. Entre estos mecanismos de evasión se encuentran el autoritarismo, la destructividad y la conformidad pervasiva.

Sería muy fácil utilizar la argumentación para atacar frontalmente los actuares del Presidente Uribe, pero el argumento en sí mismo lo absuelve y le devuelve la responsabilidad sobre estos tiempos tan agitados y tan empobrecidos, a la sociedad en su conjunto y casi retratan a perfección las dinámicas de un conflicto en el que todos los grupos armados se consideran llamados por el cielo a cumplir por la vía de las armas, las masacres y el terror, con la misión de liberarnos, incluso contra nuestra propia voluntad: vivimos en un tiempo de crecientes inseguridades colectivas, donde el horizonte político se caracteriza por un sinnúmero de amenazas reales o imaginadas. La violencia seduce más que la razón.

La libertad en el sentido positivo que describe Fromm se encuentra bajo creciente presión porque sus reales enemigos se han empeñado en vendernos la ilusión de una falsa seguridad, una seguridad absoluta contra cualquier riesgo existencial. La seguridad garantizada contra el terrorismo, contra las armas nucleares, contra el crimen, contra la gripe aviar, contra el desempleo, contra el dolor, contra los inmigrantes ilegales, contra cada aspecto de la vida que hace evidente su fragilidad, se ha convertido en un elemento indispensable del discurso de cualquier gobernante moderno. Es lo que la gente quiere oír, es la compraventa de la certeza de que alguien mas se ocupara de gestionar nuestra libertad y de que debemos renunciar para ello a nuestros derechos, derechos que no necesitamos porque no ejercemos. Nada nos ha de pasar mientras seamos inocentes, No?. Nadie nos explica exactamente el costo de semejante medida.

Esas inseguridades que los líderes modernos saben instrumentalizar tan bien cunden entre nosotros, como parte de nuestra condición humana, reforzando el eterno argumento de que tenemos demasiados derechos, de que somos bestias a las que el Estado ha otorgado una confianza inmerecida. La libertad nos da miedo, no nos sentimos capaces de asumirla. Preferimos comprar las ilusiones de los falsos profetas de la seguridad que prometen liberarnos de una vez por todas del miedo. En cambio, nos piden que abandonemos apenas nuestro propio juicio, nuestra independencia, nuestra integridad, es decir, nuestra libertad.

La obsesión por la seguridad no es solamente un mecanismo de evasión que colinda con el autoritarismo gubernamental y la conformidad de los ciudadanos, sino que puede convertirse en una amenaza real para la misma libertad que ella finge proteger.

Una democracia como representación institucional de la libertad depende de lacapacidad de autogobierno de los ciudadanos. Visto de esta manera, de poco nos sirve quejarnos de la mala calidad de nuestros líderes, de sus errores, de sus mentiras o de sus engaños. La verdad es que ellos están gobernando porque nosotros les hemos puesto allí.


*Autora de “Desactivar la guerra. Alternativas audaces para consolidar la paz”, Ed. Aguilar, 2005.

 

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