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El príncipe La ilusión del príncipe azul es el reflejo de la incapacidad de asumir nuestra condición de ciudadanos, de asumir que somos un pueblo libre, capaz de decidir su propio destino. Por
Natalia Springer* El otro día registraba la revista Semana, a manera de anécdota, que notables mujeres de la vida colombiana, todas de procedencia ideológica diversa, profesaban una especie de enamoramiento rosa por el Presidente Uribe. Gina Parody, Nancy Patricia Gutiérrez, Rocío Arias, Eleonora Pineda y Enilce López lo ven como su príncipe azul. La imagen que acompañaba la noticia, un montaje probablemente realizado en Photoshop, las mostraba como pretendientas, cada cual en busca de la atención de el elegido. La comparación, queridos amigos, no es coincidencial y podría
ayudarnos a desentrañar las raíces profundas de la
popularidad del Presidente Uribe, a pesar de las circunstancias
El imaginario social en torno a los orígenes de la violencia en Colombia y sus remedios, ha girado siempre alrededor de lo mismo: la salvación de Colombia pasaría por la llegada al poder de una figura autoritaria, por supuesto elegida democráticamente. La aspiración actual es la del mandatario que desafíe los controles que le impongan los parlamentos corruptos (¡a pesar de que son elegidos por los mismos!), un justiciero que no se deje limitar por cortes y jueces que amparan a los malos con sus leguleyadas y que transforme ésta en una comunidad civilizada y una economía apta de corte liberal, mediante una limpieza social profunda. Lo que nunca nadie ha sabido definir es cuál es exactamente la porción mala que habrá de erradicarse, ni si la extensión precisa de aquella erradicación será suficiente. Y alguien dirá: “Claro que lo sabemos, lo que hay es que acabar con la guerrilla y los paramilitares”. Y me pregunto: ¿Y el narcotráfico que ha fluido sus negocios? ¿Y los banqueros que les blanquean las fortunas? ¿Los políticos que les aconsejan y representan a la hora de pasar leyes favorables? ¿Y las gentes de bien que han participado de su corrupción? ¿Y los que mantienen sus maquinarias y sus mercados negros funcionando? ¿Y los que han participado por omisión? ¿Y por qué detenerse allí, por qué no exterminar también a sus ideólogos incendiarios? ¿Y si consiguiéramos exterminar a cada uno de los que han participado directa o indirectamente de las dinámicas de la violencia en Colombia, tendríamos paz? ¿Podrán las armas liberarnos? La paz con sangre o la revolución violenta (que no es más que un término hermoso para definir una gran matanza) es una paz o es un estado de miedo y terror? Claro, el mal siempre ha sido una definición exclusiva de quien ostenta el poder. Desde reyes y príncipes hasta juntas militares, caudillos revolucionarios, guerrilleros y bestias genocidas, cada cual se ha valido de cargar las palabras de nuevos significados y asociarlos a colectivos específicos, pero ninguno ha actuado solo, ni hizo lo que hizo a espaldas del mundo. Sus esclavos o sus bases constituyentes, todos los que les permitieron aferrarse al poder de una u otra manera, han ejecutado en silencio mientras aprendían de memoria a justificar el horror en el que también tienen parte. Toda esta visión aterradora de la paz que sólo puede consolidarse luego de grandes matanzas y de la necesidad de llevar al poder iluminados y grandes señores colisiona de frente con la realidad de la paz que no es más que un estado social que se construye a través de la cooperación. Una construcción delicada, que exige tiempo, dedicación y el compromiso de todas las partes para tejerse. La ilusión del príncipe azul no es más que el reflejo de nuestra incapacidad de asumir nuestra condición de ciudadanos, asumir que somos un pueblo libre capaz de decidir su propio destino en un foro civilizado como el democrático, capaz de asumir su responsabilidad en la formulación de la visión del ideal de nación y capaz de tomar las riendas sobre su futuro con sus propias manos. Siempre hemos esperado que sea el otro, el político, el psiquiatra, el industrial exitoso, el guerrero, el que haga la paz y es por eso que no ha funcionado: la paz es el ejercicio de un pueblo libre, un proceso que exige compromisos, renuncias y una dolorosa toma de conciencia. No caben agendas ocultas, vetos, ni temas intocables. Colombia es un pueblo pobre no porque le falten recursos o salidas para su conflicto, sino porque quienes tenemos en las manos la opción de detener estos mares de sangre que idealizamos en la bandera pensamos como esclavos cuya única aspiración es elegir un buen patrón que nos diga que hacer. La verdad, mis queridos amigos de Un Pasquín, es que si hemos de buscar al responsable de que esta violencia continúe y se enquiste en nuestra cultura no tenemos nada más que mirarnos en el espejo. Paradójicamente es en esa imagen donde esta nuestra redención. *Analista y consultora. La autora agradece a Roberto Garretón por sus reflexiones. |
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E D I T O R I A L Por Sumercé Por Enrique Parejo González Por Juan Manuel López Caballero Por Vladdo El pantano de la política internacional Por Ricardo Sánchez ÁngelPor Nicolás Zorrilla pujana Por Iván Marulanda |
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