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Un himno para llorar

El ejército colombiano lleva a cuestas un himno de guerra que dan ganas de salir corriendo, de no pelear, de pedir puesto en Amnistía Internacional.

Por Gerardo Reyes*,
Especial para UN PASQUÍN

Al ejército de Colombia no lo favorecen muchas cosas reales ni simbólicas. Las primeras ya todos las conocemos al sumar los resultados lánguidos de su guerra de 45 años contra los alzados en armas. En el reino de lo símbolos, tan importante para la disciplina espartana, el ejército lleva a cuestas un himno de guerra que dan ganas de salir corriendo, de no pelear, de pedir puesto en Amnistía Internacional.

La página web de la institución castrense no informa quién es su autor y no sé si lo hacen por seguridad personal o por vergüenza lírica.
Los himnos marciales son cantos de optimismo y altivez que se componen para dar valor a los soldados ante la inminencia de una batalla o para enaltecerlos en la celebración de una victoria. El del ejército de Colombia es un obituario colectivo, una oda hematófaga a la fatalidad que parece escrita por un infiltrado de las FARC para desmoralizar a la tropa desde la mañana, cuando la entonan.

¿Qué sentimiento diferente al de la derrota puede inspirar a un soldado con el morral de guerra a su espalda al cantar:
“Si en cada acero vibra
el temple de otros siglos,
si son nuestros fusiles
herencia de otra edad,
la empresa es hoy la misma:
regar con nuestra sangre
las cruces de los próceres y
el árbol de la paz’’
?

La imagen de la estrofa es realmente tétrica. Y el mensaje es designio sin fin: “la empresa es hoy la misma’’ o sea, hay que seguir perdiendo, regando con sangre las cruces de los próceres, que murieron regando la tumbas de los anteriores, y así. Pero para que no quede duda de que el soldado esta condenado a ser un héroe muerto, el himno inyecta otra dosis de fatalismo en estrofas posteriores.

Una dice:

“Y cada oscura tumba
donde yace un soldado,
alzándose del suelo
parece un pedestal
desde el cual se divisa
rodeada de satélites
a Colombia que trae
su luz continental.

Y la siguiente remata (literalmente remata):

“Morir para el soldado
la mano en el acero
no es inclinarse al peso
de un destino fatal,
sino ofrecer la vida
como gentil corona,
que cae en el regazo
de la patria inmortal’’.

Como si no fuera suficiente haber regado la sangre en “las cruces de los héroes’’ y en el “árbol de la paz’’, el himno le pide al soldado ya anémico, en la estrofa siguiente, que se eche la última pintica de sangre en un “mágico ideal’’, pero eso sí, en forma de néctar:

“Fe en el valor preciso
de la vertida sangre
que va a regar las aras
de un mágico ideal,
y que es el rojo néctar
de que se embriagan siempre
los pueblos que nacieron
para la libertad’’.


No se sabe cuántos soldados colombianos han llegado vivos a cantar la última estrofa del himno, en la que, una vez más se habla de sacrificio; no de la victoria. Aquellos que lo logran, sin embargo, se pierden uno de los pocos piropos vivificantes de la pieza porque realmente no saben su significado. Me refiero a la expresión “ínclito soldado’’. Ínclito significa ilustre, esclarecido y afamado, un calificativo que parece más hecho para el himno de la Academia de Historia que para un soldado que necesita que le digan que es posible triunfar.

Tal la misión sublime del
ínclito soldado
que el escudo sagrado
de la patria al besar,
trae garantizado
su amor al sacrificio
dos testigos unánimes:
Dios y la humanidad.


Al menos el barítono que canta en la versión de Internet no llegó hasta ese punto. Debió sufrir un infarto al tratar de mantener la musicalidad de expresiones leguleyas y pocos sonoras como “testigos unánimes’’ y “garantizado su amor’’.

Para no dejar el problema sin solución, aquí va mi sugerencia:
Propongo a los señores
del ala militar
licitación urgente
de un himno de luchar
con la advertencia ínclita
que todos los autores
podrán participar
excepto, por supuesto
poetas de las FARC.


*Periodista.

 

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