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El Tiempo

Salud Hernández-Mora
Febrero 5 de 2006

El presidente Álvaro Uribe es un mago de la prestidigitación. Apuñala por la espalda a sus amigos y aliados y hace desaparecer las pruebas del fratricidio ante millones de compatriotas con una envidiable habilidad. Y no sólo eso. Sus víctimas le juran amor eterno en su lecho de muerte; ni un solo reproche sale de esas bocas por las que corre un hilillo de sangre. El líder es inocente, son otros los culpables.

Si mi Alzheimer galopante no me traiciona, hasta hace dos días las voceras cuasi oficiales del proceso de paz con los paramilitares eran Rocío Arias y Eleonora Pineda.

Palacio Nariño, hasta donde recuerdo, las paseaba por desmovilizaciones y medios de comunicación encantados de contar con dos voces del pueblo que decían lo que el pueblo podía entender de ese enredado proceso.

Nunca las despreció ni por ‘paracas’ ni por lobas. Las necesitaba ardientemente y las utilizó. Ahora le son molestas, una mancha en sus listas inmaculadas. Peor aún. Representan el mayor obstáculo a la inmarcesible relación con los gringos. Y eso sí que no se puede mancillar.

Por tanto, señoras ‘paraquitas’, ¡a casita!

No sé cuántos cadáveres políticos más dejará el Presidente en el camino, pero supongo que tantos como crea conveniente. No es que me parezca mal que los partidos hagan como que limpian, por algo se empieza, aunque la corrupción no la toquen; lo que me resulta difícil de digerir es que consideren ahora perverso lo que hace nada les parecía divino. Si los votos y las declaraciones de esas dos congresistas, que nunca ocultaron sus filiaciones ni sus orígenes, eran tan válidos antes, ¿por qué son deleznables ahora?


El Universo

Alfonso Oramas Cecilia VelascoGross
Guayaquil, Febrero 4 de 2006

El reconocimiento del Gobierno colombiano de que sus acciones militares ingresaron al espacio aéreo ecuatoriano de forma accidental en un operativo contra las FARC, ratifica lo que ya no es novedad, es decir que la frontera norte de nuestro país es una zona en la cual las necesidades y las estrategias de las partes en conflicto en la guerra colombiana superan con creces las precisiones de los límites territoriales.

En ese escenario, resulta totalmente procedente la protesta ecuatoriana, pues bajo ningún pretexto se puede justificar una incursión violatoria del espacio aéreo por más que se trate de un país con el que se han guardado tradicionalmente buenas relaciones. La nota “sincera y fraterna” que dice haber revisado el presidente Uribe y con la cual el Gobierno colombiano reconoce el ingreso accidental, equivale a decirnos de una forma amistosa que no sigamos molestando con el tema, pues resulta ciertamente dudoso que el ingreso de las naves haya sido accidental con la precisión que ahora tienen los aparatos de aeronavegación y aún más cuando fue la supuesta presencia de Samuel (sic) Reyes, uno de los jefes máximos de las FARC, la que propició el ingreso consciente de las aeronaves colombianas.

Debe señalarse, sin embargo, que la cumbia del amague no es una práctica reciente por parte de los autores de la guerra colombiana. Desde hace mucho tiempo las FARC han insistido que no traspasan los límites de la frontera cuando es por de más conocido que en el sector de la provincia de Sucumbíos existe un área de retaguardia tolerante, en la cual la narcoguerrilla colombiana ha mantenido un curioso intercambio de bienes y servicios, todo esto ante la actitud paciente y conformista de quienes debieron actuar ante tal situación.


Diario Hoy

Cecilia Velasco
Quito, febrero 7 de 2006

Debemos preservar como nación una política que nos mantenga alejados de la guerra y defender el principio de neutralidad para no involucrarnos en una guerra ajena. Una de las premisas del complejo tema de la neutralidad es que las fuerzas beligerantes deben respetar la soberanía de los países neutrales. Eso toca por igual, en nuestro caso, a los irregulares guerrilleros y al institucional Ejército nacional colombiano. Y a ninguna de las dos fuerzas, aunque no se las quiera poner en el mismo campo de legalidad, el país neutral ha de prestar ningún tipo de ayuda. [...] Los argumentos que han sostenido la necesidad de una total militarización para evitar que el conflicto se regionalice han mostrado ya los mortales riesgos que esto entrañaría, que son los de toda guerra.

 

 


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