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¡No a la reelección!

No se necesita mucha perspicacia para descubrir el juego del presidente-candidato; él gira hacia el lado que más le convenga con tal de permanecer en el poder.

Por Enrique Parejo González*
Especial para UN PASQUÍN

Una nueva farsa montaron el presidente-candidato y sus áulicos, antes de las elecciones del 12 de marzo, al simular que se rasgaban las vestiduras por la presencia de amigos muy cercanos de los paramilitares en las listas de los movimientos que apoyan la reelección de aquél.

Quisieron impresionar a la opinión pública -que ya debe estar curada de tantos engaños-, haciéndole creer que esa presencia sería rechazada y que los movimientos que la sufrían serían “depurados” de esa contaminación. Supuestamente, ésta se había dado sin que el presidente-candidato y sus turiferarios se hubieran percatado de lo que estaba ocurriendo en su interior. Todo parece indicar que, desde la misma Casa de Nariño, se dio la orden perentoria de que los amigos de los paramilitares fueran expulsados de las filas de los movimientos reeleccionistas.

En esa forma, se montó el tinglado y se representó la comedia. Los expulsados -el presidente-candidato pidió que fueran investigados por estar comprometidos, presuntamente, en actividades ilícitas- se fueron orondos para otras corrientes políticas, también uribistas y reeleccionistas, o fundaron sus propios movimientos independientes, sin cambiar su posición original.
Pasado el alboroto de la depuración y pasado el proceso electoral, en el cual algunos de esos movimientos lograron una votación caudalosa, el presidente, engolosinado por ese resultado, más tardó en enterarse que en arrepentirse de haber promovido su expulsión y en abrirles las puertas nuevamente para que regresaran a engrosar las filas del uribismo y fortalecieran las fuerzas reeleccionistas.

De lo anterior, se colige que, en materia moral, el presidente-candidato gira hacia el lado que más le convenga a su interés de permanecer en el poder. No es él propiamente, aunque a veces quiera parecerlo, un dechado de virtudes. Maquiavelo es su inspirador, su guía moral. Si bien él se comprometió a derrotar la politiquería y la corrupción, sus ambiciones personales lo han cegado y lo han llevado en la dirección contraria.

No se necesita mucha perspicacia para descubrir su juego. Su norte inequívoco es la reelección. Todo aquello que lo pueda conducir a esa meta es bueno para él. No importa si moral o legalmente resulta inaceptable. Y, como es un prestidigitador, se las ingenia para hacer creer lo contrario de lo que en el fondo significan sus atrevidas actuaciones.

Es conocido por todos el éxito que tienen los prestidigitadores. La audiencia, extasiada, los contempla y los aplaude. Ella sabe que en sus gestos hay simulación, pero el espectáculo que se desenvuelve ante sus ojos es tan avasallador, que la audiencia aplaude con frenesí. Es posible que los extasiados espectadores estén pagando un precio exorbitante por el espectáculo. Pero la fascinación que produce en ellos la magia del prestidigitador, los lleva a pagar ese precio con agrado.

La conducta del primer mandatario ha sido muy coherente con sus amigos y con quienes le han servido con lealtad. Qué importa que se trate de amigos que se hayan unido a quienes han violado la ley, así sea en materia grave, como los paramilitares. Así como les ha reabierto las puertas a sus amigos depurados, sin importarle los nexos que tienen o han tenido con los miembros de esas organizaciones criminales, también lo ha hecho con otros amigos suyos que, en un momento dado, por haber actuado de manera irregular, aparentemente, cayeron en desgracia.

No podemos olvidar el caso del ex director del Das, amigo personal y político del presidente-candidato, quien fue jefe de debate de su campaña presidencial en el departamento del Magdalena y a quien llevó, por la confianza que le tenía, a dirigir el máximo organismo de inteligencia del estado. Ese amigo salió del Das, después del escándalo de la infiltración de paramilitares en dicha entidad, desde la cual, según entonces se dijo, se les estaba pasando información a los residentes de Santa Fe de Ralito y se estaban borrando los antecedentes de algunos narcotraficantes.

El presidente-candidato se vio obligado a separarlo del cargo y muchos aplaudieron su determinación, ya que era moralmente inadmisible cohonestar las irregularidades que el entonces director del Das había cometido o tolerado en ese organismo. Pero, como en el caso de los depurados, el ex funcionario no perdió los afectos del mandatario. Se sabe que lo acaba de nombrar Cónsul General en Milán, la ciudad más importante de Italia, después de Roma.

¿Qué conclusión puede sacarse de estas contradictorias actuaciones de quien dirige hoy los destinos nacionales? ¿Son creíbles sus compromisos contra la politiquería y la corrupción? ¿O hay que admitir, como él mismo lo predijo, que su afán y el de sus colaboradores más cercanos, de asegurar la reelección, lo ha llevado a subordinar cualquier otro interés al deseo de quedarse ocho o más años en el poder?

Quienes vemos con enorme preocupación esas acciones contradictorias y esa libido insaciable de poder –que indudablemente comparten sus amigos, que son a la vez amigos de los “paramilitares”– creemos que la única manera de evitar la calamidad que se puede abatir sobre el país, en caso de que el presidente sea reelegido, es enfrentar y tratar de derrotar, con toda la fuerza democrática posible, su inconveniente reelección.


* Ex ministro de Justicia; candidato a la Presidencia de la República.

 

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