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¡Sálvese
quien pueda!
Con la Seguridad Democrática en su
peor Por
Vladdo Armaos los unos a los otros Curiosamente eso mismo le dijo el Presidente a un pasquín en enero pasado, a propósito del aborto. “Yo estoy de acuerdo con que la Corte Constitucional, caso por caso, se pronuncie”, respondió en aquella oportunidad. Casualidad o no, lo cierto del asunto es que en el tema del desarme el presidente/candidato también resolvió ‘bajarse por las orejas’, como se dice popularmente, dejando planteada la posibilidad de que los particulares tomen la seguridad en sus propias manos, como medio de protección. Es decir que acudan a la autodefensa, propuesta que él mismo ayudó a implementar años atrás en su natal provincia y cuyos resultados hoy todos lamentamos, al ver los numerosos casos en que las aplaudidas Convivir terminaron convertidas en escuadrones de la muerte y mercaderes de droga. El otro indicio que sugiere una especie de ‘privatización’ de la política de Seguridad Democrática es el plan del gobierno de subsidiarles revólveres a los concejales amenazados, con el fin de que se defiendan, tal como lo informó el pasado martes el periódico argentino Clarín, en un artículo escrito desde Colombia por Pablo Biffi, editor internacional del importante diario porteño, y quien viajó a Bogotá luego del asesinato de Liliana Gaviria Trujillo, para analizar el ambiente preelectoral que se vive en el país. Bajo el título “Uribe ofrece armas a bajo precio a los concejales para defensa personal” Biffi analiza en su artículo los problemas de seguridad de los políticos y los reveses del gobierno en la materia. “Si algo faltaba para que la sociedad colombiana avanzara en su proceso de militarización, el gobierno del presidente conservador Alvaro Uribe acaba de dar un paso adelante en esa dirección: les ofreció a los concejales de todos los municipios del país venderles armas para defensa personal, al módico precio de unos 150 dólares”, dice al comienzo de la nota Biffi, conocedor de la realidad colombiana y quien ha estado 25 veces en el país desde 1993. Hágalo usted mismo A la luz de las actuales circunstancias, y dada la logística de que disponen los sicarios colombianos, es poco probable que un revólver pueda ser de alguna utilidad para proteger la integridad física de los ediles. Parece que el gobierno olvidara que tanto los guerrilleros como los paramilitares (los principales depredadores de concejales y demás funcionarios del país) actúan en grupos y suelen cometer sus crímenes con armas automáticas, circunstancias en las cuales una persona con un revólver seguirá prácticamente en estado de indefensión. De hecho, aunque el concejal contara con armamento más sofisticado, es obvio que no es a ellos a quienes les toca responder por su esquema de defensa y seguridad. Esa tarea se supone que había sido asumida por el Estado, gracias a la Seguridad Democrática, pero según se ha visto recientemente, cada día es menos efectiva. Así las cosas, y siguiendo esa misma lógica, el gobierno tendría que armar a los casi 40 millones de colombianos para que puedan sobrevivir en un país inundado de armas ilegales, y acosado no sólo por los grupos guerrilleros y sus milicias urbanas, sino también por las bandas de narcos, paracos (muchos de ellos ‘removilizados’ después de un paso fugaz por la legalidad) y delincuentes comunes. Bien ‘mancados’, los ciudadanos podrían entonces evitar los atentados, los secuestros, las diferentes modalidades de atraco y los temibles paseos millonarios, que cada vez son más frecuentes y se ven más a plena luz del día. Colombia ha visto correr demasiada sangre inocente debido a la proliferación de armas y el gobierno de la Seguridad Democrática debería saber que no es con el rearme de la ciudadanía, ni con una repartición masiva de chalecos antibalas, como se van a erradicar dichos fenómenos. |
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P O R T A D A Por VladdoE D I T O R I A L De los pájaros y las escopetas Por Juan Manuel López CaballeroPor Juan Camilo Restrepo Por Natalia Springer Por Gerardo Reyes Por Ricardo Sánchez Ángel Por Jaime Castro Por Iván Marulanda Por Carlos Villar Proust pregunta; Por Antonio Jiménez Castañeda |
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