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Hay candidatos

El ambiente social es raro; ojalá los electores
voten con la razón y no con la emoción.

Por Iván Marulanda*
Especial para UN PASQUÍN

A medida que recorro el país en la campaña por la vicepresidencia, me doy cuenta de que el público tiene confusiones y el ambiente social es raro. Se me ocurre que la razón está en que se perciben señales que indican que las cosas no discurren por los caminos que la gente desearía, y paradójico, que a su vez la población se niega a aceptarlo.

Hace cuatro años los ciudadanos se desprendieron de los partidos políticos y eligieron por su cuenta y riesgo el presidente que les dio la gana. Nadie en particular señaló el camino, los electores fueron corriendo la voz. Por lo mismo, no hay a quién cobrarle la factura de los errores de esa decisión cuando saltan a la vista las fallas y los fracasos del gobernante. Él fue invento de las emociones de las gentes, atacadas por la indignación. Decir que el presidente se equivoca, es como afirmar que la gente se equivocó y nadie está dispuesto a reconocer su error.

El país se envalentonó en contra de las FARC, del Caguán, de Pastrana con su frivolidad y su alcahuetería, y por ahí derecho en contra de los políticos a los que les carga ganas desde siempre. Para pegar esa pela generalizada escogió entre el elenco de candidatos a uno que tenía cara de seminarista y ademanes de santurrón, y ofrecía candela de los infiernos a las guerrillas, los corruptos y los politiqueros.

El “hombrecito” vendió su imagen de pureza, como caído de los cielos con todo y el fuete en la mano para expulsar a los mercaderes del templo. Hipocresía, viveza, trampa, habilidad, llámela el lector como quiera. La ambición de poder da para todo y sus caminos tienen cualquier nombre.

En todo caso era el candidato sin partido, es decir sin mancha. Especie de apóstol que recorría solitario los andurriales de la política, inocente e incontaminado, rodeado de peregrinos que le salían al paso y que no tenían ni veniales en las artes electorales, todos soñadores e ingenuos como él.

Sin equipo para gobernar, sin programa cierto, sin mácula, como si no tuviera pasado. Mensajes certeros, eso sí, fabricados en laboratorios de propaganda con meticulosidad. Derrotar a las FARC, acabar con la corrupción y la politiquería, y hasta la amenaza de cerrar el Congreso, ideas que fascinan al torrente popular. Nada más emocionante para la galería que imaginarse pelotones de soldados echando congresistas amarrados a los camiones del ejército. O guerrilleros muertos.

A todas estas el público corrió a votar sin conocer el personaje. Nada más le vio la superficie y la facha de “yo no fui”. Algunas referencias de su historia personal, vagas por cierto, su inocencia montañera y el resto, el afiche de la mano fuerte y el corazón blando, retocado por publicistas sofisticados.

Alguien elegido así no tiene qué rendir cuentas sino a los aldeanos reunidos en los corrillos de los Consejos Comunitarios. Sus conexiones son directas y sin intermediarios. Las instituciones no existen. Los ritos de poderes separados que colaboran a los fines del Estado se resuelven regalándoles golosinas a sus personeros o dándoles palo. Puestos a los parientes de los congresistas por aquí, insultos a los jueces por allá.

A todas estas el Estado y la sociedad se cargaron de narcotraficantes y paramilitares que han ido apareciendo como personajes de primera, protagonistas de noticias sociales y políticas que se tragan día a día los primeros planos de los medios de comunicación, con sus voceros en el Congreso y empleados de bolsillo que les despachan a discreción en las oficinas más encumbradas del gobierno. El sórdido entramado de la mafia.

Después de los años siento que los sacrificios de Galán y Lara, de Guillermo Cano y de miles de patriotas que dieron sus vidas soñando con evitar la vergüenza de que el país cayera en los abismos del cinismo, dominado por la lujuria del dinero mal habido, fueron en vano. Hoy no parece interesarles a muchos colombianos que las elecciones se hagan con fortunas manchadas de sangre, a punta de fraude y pistola, cebando los estómagos hambreados de millones de miserables que votan como borregos. Ni que el narcotráfico y la subcultura mafiosa impongan sus designios en la sociedad.

Las conciencias de los ciudadanos siguen absortas en su propia mentira, mientras el país mete cada vez más la pata en la trampa. Unos cuantos se enriquecen bajo el paraguas de las buenas y las malas bonanzas. A todas estas las aguas de la miseria y la violencia van subiendo cuello arriba.
La esperanza está en que a última hora se esclarecerán las mentes y Colombia dará el timonazo. Hay candidatos por quiénes votar en las próximas elecciones presidenciales, que librarían al país de la pesadilla que se ve venir de violencias, molicie y caos, si las cosas continúan como van. Ojalá los electores voten con la razón y no con la emoción.


*Candidato liberal a la Vicepresidencia de la República.

 

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