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De las elecciones

Vienen ahora las elecciones presidenciales. El camino por el que conduce al país el presidente Uribe nos parece a millones de colombianos equivocado, por no decir escabroso. .

Por Iván Marulanda*
Especial para UN PASQUÍN

He estado presente a lo largo de mi vida en el acontecer de la democracia del país, al margen de lo bien o lo mal que se espera le vaya a las causas en las que milito. Es la manera como en mi sentir, debo aportar a la construcción de la sociedad y al logro de los ideales de vida en los que creo. No siempre las cosas resultan como espero y deseo, pero es normal que así ocurra. A nadie le va bien todas las veces.

Igual, ahí sigo con las mismas creencias, sin perder la esperanza de que algún día tengan la oportunidad que se merecen y dispuesto a ayudar a su éxito en lo que se pueda. El costo de las derrotas más que personal, consiste en tener qué soportar en el ambiente, en la realidad social que rodea la existencia, situaciones por las que se siente repudio, como la injusticia, la arbitrariedad, la discriminación, la miseria, la violencia, el dogmatismo, la intolerancia.

Acaban de transcurrir las elecciones de Congreso en Colombia. Otra vez estuve en el frente y no salí bien librado. No importa. Pero lo que presencié en el campo de batalla sí me importa, porque tiene qué ver con el interés general, no con el personal. Hablaré de eso aquí.

No salgo de la perplejidad después de haber visto circular torrentes de dinero en las campañas. Quiénes invierten esos dinerales en la política no lo sé, pero me lo imagino. No son capitales legítimos, que me consta contribuyen con discreción a la fluidez de la democracia. Debe ser el billete ilegal que patrocina a centenares de políticos para que protejan la impunidad de sus dueños, narcotraficantes, contrabandistas, lavadores de dólares, paramilitares, tahúres, traficantes de personas, qué se yo.

Lo cierto es que la competencia en las elecciones no es entre partidos, ni mucho menos es de ideas. Es de plata. El que tiene con qué desatar avalanchas de propaganda por boca y nariz, y de comprar conciencias y votos, sale al otro lado. No importa el tipo de país que tenga en la cabeza, si es que lo tiene, o el tipo de motivaciones que lo atraen a la política y lo impulsan a postularse para alcanzar posiciones de responsabilidad que suponen conocimientos y capacidades exigentes, si se considera la naturaleza compleja de los problemas que se atienden desde allí. Son tipos y tipas sin hígados, que reciclan fortunas mal habidas, para convertirlas a su nombre en poder político que esclaviza a la sociedad, amarrándola sin remedio al estado de cosas salvaje que existe y que a muchos nos parece indignante.

Ganó en las urnas lo que se llama el uribismo. Vuelven al Congreso por cuenta de esta enseña decenas de electoreros profesionales que se ponen cualquier camuflaje con tal de mantener su residencia en el Capitolio desde donde despachan a la carta a lo largo de los siglos. En manos de esta especie nada cambia en Colombia. Representan, son en sí mismos, el estatus quo. Hacen lo que es necesario para que las realidades sigan por siempre y si se puede, empeoren. Excluyo del elenco a uno que otro, sobre todo a mujeres delante de las cuales me quito el sombrero. Ojala y les vaya bien.

No voy a hablar de las listas minoritarias que eligieron dos y tres delegados. De unas por tenebrosas, de otras porque ignoro de dónde vienen y para dónde van. Y no escarbo en el liberalismo al que pertenezco. Me doy la bendición y pare de contar. Guardo la ilusión de que buena parte de ellos y de ellas sepan llevar con dignidad las esperanzas que representan. En su mayoría tengo fe, en su pasado, presente y futuro. Amanecerá y veremos. Igual que en el elenco del Polo.

Vienen ahora las elecciones presidenciales. Pura candela. Por lo general se oye decir que son pan comido. No hay tal. El camino por el que conduce al país el presidente Uribe nos parece a millones de colombianos equivocado, por no decir escabroso. Sus años de gobierno son tiempo perdido para la construcción de convivencia y democracia. De equidad social.

Las mentiras y los atropellos del Estado no pasan desapercibidos, ni la ira del régimen, ni su debilidad por los privilegiados. Su guerra, como todas las guerras, es fracaso y frustración. Sus paces se perciben maliciosas. Corrompe la política más allá de lo imaginable, y con ella el ambiente. Y se consolida la “matonería” como fórmula de éxito. Poco a poco la sociedad empieza a parecerse a un club de caballistas enruanados, forrados de dólares y revólver al cinto. No hablo, aclaro, del presidente como persona, sino de lo que inspira su estilo de gobierno. Veremos qué dicen los electores.


* Economista; ex senador de la República y Constituyente..

 

 


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