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| S.O.S.: Crisis humanitaria En Bogotá y en las principales ciudades del país las gentes andan pensando, como lo pregona el gobierno, que no hay conflicto armado. Eso es falso. Por
Iván Marulanda*
Especial para UN PASQUÍN “Cuando se baje del avión en Pasto estará otra vez en Colombia”, me dijo el militar que estaba detrás de mí con su fusil ametralladora terciado en bandolera. Yo abordaba el sábado 26 de febrero en el aeropuerto de Villa Garzón, departamento de Putumayo, de regreso de la guerra. Acababan de bajar de la nave decenas de niños nariñenses
recién reclutados para el servicio militar. Juguetones,
infantiles, entre chis– Me encontré a uno de estos soldaditos desechables vestido
de civil, que venía del frente de batalla hecho leña;
lo llevaba de la mano un suboficial. Lloroso, me pidió
que le regalara algunos pesos para regresar a su casa en el
Valle del Cauca. “No soporté la guerra”,
me dijo. “Estoy desquiciado; me vine antes de cometer
alguna locura” susurró, para después sumirse
de nuevo en su terrible depresión. Como de locos la escena: centenares de generales expulsados en años recientes disfrutan en sus casas la pensión de retiro, mientras se pelea la guerra con niños chiquitos, inocentes y sin condiciones profesionales, físicas, ni síquicas para la dura y tenebrosa misión. ¿Por qué –continuaban mis cavilaciones– jovencitos inocentes e impotentes deben cargar sobre sus hombros con esta guerra insoportable, que los desfonda con su peso descomunal, mientras para el resto de compatriotas su suerte es indiferente? Ellos no existen, bien sea por insolidaridad o porque al público le lavan el cerebro día a día con propaganda que pregona noticias mentirosas de paz y felicidad. Y hablo de guerra porque es lo que hay en Colombia en estos momentos. Es importante que la población lo sepa. En Bogotá y en las principales ciudades del país las gentes andan pensando –como lo pregona el gobierno– que no hay conflicto armado. Es falso. Vengo del Sur de Colombia, donde la situación es conmovedora. No hay transporte por carreteras; en vastas regiones se interrumpió el servicio de energía eléctrica desde hace varias semanas; no se dispone de suministro de combustibles ni de agua potable; los alimentos escasean; la población no puede trabajar, ni estudiar, ni atender sus actividades habituales. Viven en situación de zozobra, de angustia, de miseria; esperando que en cualquier momento las balas y las explosiones acaben con sus vidas o con las de sus familiares o de sus vecinos. Solo en las afueras de Mocoa están regados como animales de monte 40.000 desplazados que acampan bajo cambuches de plástico verde. Y lo que es peor: millones de colombianos en diferentes regiones sobrellevan estos sufrimientos abandonados por el Estado, la Comunidad Internacional y la solidaridad de sus compatriotas que siguen silbando y creyendo –en su infinita ingenuidad, o en su infinita perversidad, o en su absurda desinformación– que aquí no pasa nada; que vivimos en paz y que ojalá sigamos así hasta la eternidad, de elección en elección, tocando la misma nota, hasta cuando San Juan agache el dedo. El cuadro de esta ausencia es indignante. Pregono a los cuatro vientos que en Putumayo, Caquetá, zonas del Meta, Arauca, Nariño, Cauca y en otras regiones de Colombia que son escenarios de guerra en estos momentos se vive una crisis humanitaria. Que es urgente la solidaridad de los colombianos; por supuesto la del Estado, así como la atención de organismos internacionales como la Cruz Roja, Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos y demás instituciones que atienden asuntos humanitarios en el mundo, para que acudan cuanto antes en auxilio de la población civil que es atropellada y masacrada, puesta en la más absoluta impotencia e indefensión, humillada y vapuleada por fuerzas guerreras que pelean en sus barbas como fieras salvajes. “Las explosiones convirtieron el sitio en el infierno. El tubo fue volado en doce puntos distintos al mismo tiempo. Catorce tractomulas, furgones y carro–tanques se derretían a temperaturas insoportables. En medio de esa caldera nos dábamos plomo 24 soldados y yo con más de 60 guerrilleros. A sólo dos kilómetros estaba la policía, pero no nos quisieron ayudar... En helicóptero descendió mi General con su metra y se unió a nosotros a echar bala... El ‘cucho’ parecía un león... ¡Qué verraco!...” Con estas palabras se desahogaba un teniente que venía del frente de batalla. Otro joven con la mirada perdida... Ausente... Y el general verraco –pienso yo– no sabe lo que le espera... *Economista; fue senador de la República y Constituyente. |
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