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La colonización paisa

Por Iván Marulanda*
Especial para UN PASQUÍN

La cultura propia es uno mismo. No sería posible encontrarse ni reconocerse ni distinguirse, desnudo de las costumbres ancestrales. A cada quien le enseñan a ser de cierta manera según donde nace o como se quiera, cada quien aprende a ser de cierta manera en su ambiente, a gustar de ciertos sabores, de ciertas texturas, de ciertos tonos, de ciertos paisajes, de ciertos olores, de ciertas sensaciones, a lucir ciertas fachas, a alegrarse con ciertos ritmos y ciertas vibraciones, a hablar en ciertas tonalidades y ciertas cadencias, con ciertas palabras, a vestirse con ciertas prendas, a observar ciertos modales, ciertos horarios, incluso a razonar de cierta manera y a valorar las cosas que suceden y a observarlas, con la medida de determinados referentes. Y a relacionarse con los demás mediante ciertos rituales, ciertas precauciones, ciertas distancias, ciertas confianzas y desconfianzas , con determinadas actitudes y modales.

En fin, cada individuo cabalga la vida con su estilo, a su aire, con su identidad que a la vez es, sobre todo, la cultura propia de la que hablo. Se carga con ella por tradición y me supongo está metida tan adentro, que hasta debe hacer parte de la impronta genética.

“Cuando veo al Presidente de la República vestir ciertas prendas que ya no pertenecen al realismo de nuestra cultura parroquial, sino a unos prototipos de otros tiempos, no lo percibo auténtico sino disfrazado. ”

La cultura es ante todo parroquial, vecinal, hogareña, se nutre del entorno, de la brisa, del sofoco, del helaje, de los silencios, del bullicio, de la luz y la niebla, de las pequeñas historias lugareñas, de los estíos y las inundaciones, del oleaje, del yermo. Del ambiente íntimo del grupo, de la tribu, de la barriada, del poblado, del salón de clase. Y abunda en “pequeños” detalles que se comparten, y que van desde el pigmento de la piel, la estatura, el porte, el idioma con sus modismos y sus acentos, hasta el genio. Ni hablar de los alimentos, que son la costura de los patios de las casas de cada quien, con su revoltura infalible de vegetales y animales domésticos y silvestres, que de tanto olerse y sentirse, pasan inadvertidos no obstante ser distintos a los de cualesquiera otras partes.

Hasta ahí la cosa es cabal y comprensible. Pero cuando empieza a ser otra cosa, se complica. Me refiero a que las culturas son la manera de llevar la vida, son íntimas, auténticas, propias. Y me refiero a que son ricas y emocionantes en el disfrute de la existencia y hasta para la curiosidad de la inteligencia, en cuanto se conserven en su salsa y dentro de los linderos de sus espacios naturales. Pero cuando las culturas invaden, se expanden, penetran campos ajenos, se convierten en amenaza, son intrusas, incomodan, alteran otros equilibrios y otros sistemas. La invasión cultural va contra natura. Es el origen de fastidios, de inquinas, de rabias y hasta de guerras.

Soy paisa y mi condición no la cambio por nada del mundo, no porque piense que es mejor que otras, sino porque es la mía. Así y todo, cuando veo al Presidente de la República vestir ciertas prendas que ya no pertenecen al realismo de nuestra cultura parroquial, sino a prototipos de otros tiempos, no lo percibo auténtico sino disfrazado. Ese paisa que él escenifica es arcaico, de la arriería de tres generaciones nuestras atrás, y sobre todo, es rural, ni mucho menos asimilable a las funciones de estado y la representación de nación en el mundo globalizado.

Juan Valdez es imagen para la propaganda, eso está bien. Pero Alvaro Uribe con su mulera y su sombrero aguadeño y su habladito, está en plan de colonizador o de conquistador, da igual. También es propaganda, exhibicionismo y eso, en el primer mandatario no está bien. Por lo que decía al comienzo. Es invasor. Ese simbolismo disparado en imágenes desde lo alto, incomoda a otras culturas regionales y otras visiones de Colombia que él también representa, o al menos la institución que encarna y de la cual no es dueño, ni nadie es propietario. Es de todos.

Para observar la incomodidad no es sino parar el oído. Se manifiesta en voz baja en las regiones, para no ir lejos en Bogotá, en donde se percibe cada vez con más fuerza la sensación de repudio a la invasión, el fastidio al hostigamiento que trae consigo la carga de simbología y la folclórica caracterización paisa del presidente y su círculo cercano, homogéneo, cargante, que se han vuelto ofensivas, agresivas, que empiezan a hastiar en el ambiente capitalino que si por algo se caracteriza, es porque compendia con gracia y equilibrio la rica mezcolanza de las culturas colombianas. La presidencia es de todos Los comprendo y también me molesta. Entre otras razones, porque los paisas terminamos “llevando del bulto”, sin tener velas en el entierro.
*Economista; fue senador de la República y Constituyente; actual candidato al Senado por el PartidoLiberal.



*Economista; fue senador de la República y Constituyente.

 

 


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