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Murió el guapo

Este paísha sido martirizado, burlado y utilizado como idiota para satisfacer ambiciones ruines de gobernantes desaforados y desalmados, que hacen lo que sea por conseguir el puesto de presidente.

Por Iván Marulanda Gómez*
Especial para UN PASQUÍN

En ese momento sentí compasión por Alvaro Uribe. También desprecio. La farsa que representa el presidente hace cuatro años, combinación de teatro, candor y perversidad, culminaba, como tenia que ocurrir, en la escena deprimente que presenciamos millones de colombianos en la televisión. Sabía que tarde o temprano llegaría ese momento…

Pero sentí más compasión por la gente a la que él ha hecho sufrir, sobre todo a los familiares de los secuestrados. Y sentí compasión en lo más profundo de mi ser por este país martirizado, burlado y utilizado como idiota para satisfacer ambiciones ruines de gobernantes desaforados y desalmados, que hacen lo que sea por conseguir el puesto de presidente, así no tengan idea acerca de lo que deben hacer.

La escena no me produjo indignación. Ya dije, me produjo compasión, era ridícula en su conjunto, lo que mostraba y lo que significaba. Se veía en la pantalla, en las noticias del medio día, al presidente gobernando en directo para la galería, como suele hacerlo. El tipo gobierna en público, en tiempo real, como Chávez. Mejor dicho, hace oficio para que lo vean, que no es lo mismo que gobernar.

En ese momento hablaba voz en cuello, bien modulada para que no se la perdieran los micrófonos, por el teléfono celular, parado en la mitad del corrillo como culebreo de pueblo. Daba instrucciones a un embajador lejano para que pagara a terroristas por cuenta del gobierno, para rescatar a un colombiano secuestrado en Afganistán. “Bien pueda pague lo que sea que el gobierno responde, de aquí le mando la suma que pidan”.
El espectáculo fue grotesco e indigno.

Gilberto Echeverri, Guillermo Gaviria, los doce soldados que murieron con ellos. Los esposos Bickenbach, el empresario japonés. El hermano de María Mercedes Carranza, ella misma. Todos ellos y otros más cuyos nombres no hago esfuerzos por recordar para evitar más dolor, muertos en medio de las payasadas del Presidente Uribe y los movimientos grotescos a los que empuja a la fuerza pública, desangelada y desentendida del martirio de este país; atolondrada y al final del cuento, corrompida, tal y como lo señalan los acontecimientos de los que dan noticia los propios generales.

El papelón del Presidente en la televisión demostraba que las vidas de esas personas no habían sido sacrificadas por cuenta de las convicciones del gobernante, ni por su temple y su valor, ni en el curso de una política de estado que sabe a donde apunta y que no se tuerce. Fueron víctimas del gobierno que utilizó sus vidas para hacer espectáculo. Para sostener los puntajes en las encuestas y más tarde tirarle al país el anzuelo de la reelección.

Después de tantas tragedias resulta que el gobierno no sólo está dispuesto a propiciar que se negocien rescates con terroristas, sino que está listo a pagarlos con dineros del erario que prodiga el propio dignatario por teléfono, como si estuviera girando de la chequera de su finca.

Pensándolo bien, a esos muertos inocentes les fue mejor que a los secuestrados que aún sobreviven. Destroza el corazón pensar en centenares de personas enjauladas en la selva durante años, algunos ajustan ya nueve años de cautiverio, sin que ese mismo Presidente haya tenido hacia ellas la más mínima caridad ni el menor sentido del cumplimiento del deber. Que no se haya dignado tomar asiento para pactar el acuerdo humanitario que las hubiera devuelto a sus hogares. Mientras tanto, los guerrilleros que debieron canjearse por las personas de bien, salen de las cárceles por penas cumplidas.

No creo que la comunidad internacional pueda recordar acto de mayor estupidez que el del Presidente de Colombia negociando en público, por teléfono, secuestros. Más que la indelicadeza, es decir el desliz ético, el populismo implícito en el espectáculo, estaba la exposición de personas y de gobiernos al riesgo del negocio infame del secuestro. Es el paso del secreto y el sigilo en guarda de la dignidad de las personas y la seguridad de los estados, al descampado que no tiene confines, de presidentes pagando secuestros por televisión para mejorar su “rating” electoral. Este abismo que abrió el desalumbrado gobernante de los colombianos delante de las naciones del mundo en estos tiempos de terror, no tiene fondo ni tiene nombre. Es un acto irresponsable, despistado, un desvarío.

Pocas horas después, cuando es de imaginarse que a la Casa de Nariño se le vino el mundo encima, salieron con el cuento de que no había manera legal de cumplir la palabra televisada del Presidente. Recularon con ingenuidad, pero el daño estaba hecho.

Resultaba, según el comunicado de Palacio, que Uribe no sabía todavía, con todo y reelegido, cómo se dispone de los recursos públicos y a qué pueden destinarse. Pachito Santos dijo en la campaña que estaban muy contentos en el gobierno con las cosas que aprenden y por eso querían cuatro años más. Aprenden despacio.

Mientras Uribe daba en televisión el espectáculo del rescate en Afganistán, recordé con desprecio sus bravuconadas de campaña cuando decía que no negociaría con terroristas. Pensé con ironía: “¡Murió el guapo!”.


*Ex Constituyente.

 

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