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Ay, Patrón, ¡ya no
nos quieras tanto!

Da pánico que a punta de esa singular forma de
querernos se haga realidad una reforma tributaria
donde hasta los huevos tengan impuesto.

Por Sumercé*
Especial para UN PASQUÍN

De la injusticia, “por Dios, por Dios”, como dice el Patroncito, ni él se libra. Los empleados de la Hacienda Colombia son de una indolencia tan descomunal que así, sin más, le condenaron a continuar como Patrón durante cuatro añitos más. Arbirtraria decisión que ¿quién paga?: pues esas carnitas y esos huesitos. Las mismas carnitas que soportaron estoicas, el cambio de la Constitución para implantar su reelección inmediata.

Como nada podía hacer para impedirlo, el Patroncito se resignó a mirar los toros desde la barrera y abandonó su destino a la voluntad de la patria. Porque bien claro lo dijo, refiriéndose al dizque interés que podía tener en el cargo de Patrón, “yo no tengo vanidades que satisfacer”. Sin embargo, los insensibles siguieron con la empujadera para mantenerlo en el cargo. Por eso, por no defraudarnos, le tocó dejar de lado su natural humildad y afirmar en la campaña de reelección que “…hemos trabajado en este tiempo por la patria, seguramente con errores, con limitaciones, pero con todo el amor por Colombia” y concluir muy sentidamente: “si pueden votar por mí, si me pueden ayudar se los agradezco de corazón, con amor…”.

Y tiene razón, amor, amor, corazoncitos rojos que penden de la solapa del traje del Patroncito, es lo único que hemos recibido de él durante los últimos cuatro años. Para los desplazados un amor que los multiplicó hasta alcanzar la cifra oficial de dos millones y la extra oficial de más de tres millones; para los secuestrados un manto de amor que hizo invisibles a 5.427 seres humanos que se pudren en cautiverio sin que nada, más que estos añitos, pase sobre ellos; para la fuerza pública un amor desmesurado que (aparte de destituciones fulminantes, sin juicio ni nada semejante) los animó en los combates donde se desgastaron, perecieron o fueron mutilados; para los cinco millones de miserables que se acuestan sin probar alimento en la Hacienda, su más cálida expresión de amor cocinada en las olladas de caldo de periódico con que calman las ganas de algo tan prosaico como la comida.

También gracias a su inmenso amor los congresistas que sacó de sus listas por supuestos vínculos non sanctos con los Paramilitares, fueron perdonados y regresaron a su seno con la garantía de que esos voticos se sumarían a su bancada en el Congreso; con amor subió mes a mes el precio de la gasolina; con mucho amor se fumigaron nuestras reservas naturales para erradicar el cultivo de coca, depredación tan exitosa que consiguió incrementar los cultivos de coca a la histórica cifra de 144.000 hectáreas(1); con cariñito, pa’ qué, combatió un conflicto interno (que según él no existe) invirtiendo más plata en guerra que en educación, salud o vivienda; con ese mismo amor ferió embajadas y consulados, cerró hospitales y, sobre todo, convenció a este pueblo de que, contrario a lo que alguna vez dijera Chico Buarque, aquí la cosa no está negra.

¿Qué sentimiento, distinto al amor, impulsó el TLC, el apoyo a la invasión de Irak, el nombramiento de funcionarios idóneos como Fernando Londoño o el ex director del DAS? Sin embargo el amor, por más puro que sea, a ratos produce miedo. En este caso miedo a que nos desborde. Que de pronto este nuevo período de gobierno se convierta en otros cuatro (si no seis u ocho) años, de reinado de esta particular forma de querernos. Eso asusta a Sumercé quien, a diferencia de más del 60% de sus compatriotas, preferiría que a partir del próximo 7 de agosto nuestro bien amado patrón no nos quisiera tanto.

A Sumercé, como a otros poquitos peones de la hacienda, le da pánico que a punta de esa singular forma de querernos se haga realidad una reforma tributaria donde todo, hasta los huevos que no prueban los cinco millones de hambrientos, tenga impuesto; que contrario al interés de los países con petróleo se privatice el 20% de Ecopetrol, empresa que en el último año produjo una utilidad neta de $3,25 billones, 54% superior a la del año anterior y la más alta de toda su historia(2); que el Seguro Social se convierta en una empresa privada con rendimientos jamás alcanzados como empresa estatal; que los políticos se repartan los puestos del gobierno como si de una marrana se tratara; que lo único que se incremente a la par de la miseria nacional sean las utilidades financieras cuyo crecimiento en 2005 fue de 16,5% frente a las de 2004(3), lo que en platica significa que en un año ganaron 3 billones 389 mil millones de pesitos; que la patria mantenga el funesto segundo lugar de país con mayor número de desplazados, después de Sudán y por encima de Irak(4).

Da miedo que, gracias a esa amorosa forma de gobernarnos, sigamos felices porque para pasear por la Hacienda tan sólo requerimos la compañía de un convoy militar; que los 5.426 secuestrados pasen otros cuatro añitos, si sobreviven, en manos de sus captores; que los paramilitares no tengan con qué resarcir a sus víctimas, en fin, que la Hacienda sea un paraíso donde la peonada sólo piense en compartir el sueño del Patrón de ser sede del próximo mundial de fútbol y nadie recuerde “que aquí la cosa está negra”.
Sólo por eso Sumercé suplica, al bienamado regente de esta Hacienda: Ay, Patrón, ¡ya no nos quieras tanto!


Notas:
1- Center for International Policy, El cultivo de coca en Colombia, 2005; abril 27, 2006.
2- Informe ECOPETROL, Bogotá D.C.; marzo 2, 2006
3- Página web de la Presidencia de la República; marzo de 2006.
4- ACNUR: “Colombia continúa siendo el segundo país en el mundo con mayor número de desplazados”; junio 9, 2006; Caracol.com


*Una persona muy enterada.

 

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