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El tiempo perdido

La economía se hincha con billetes sucios de coca y sangre, mientras los ministros posan para la prensa abrazados con los capos y los
genocidas de mayor peligrosidad.

Por Iván Marulanda*
Especial para UN PASQUÍN

La reelección de Alvaro Uribe es tiempo perdido para las actuales generaciones de colombianos. Es sobre todo eso, tiempo perdido. En estos años de dos gobiernos pegados se hubiera podido y se debió avanzar en el desarrollo espiritual y material del país, de la modernización y consolidación de las instituciones, con sentido orgánico y de largo plazo.

Pero no, la gente se dejó arrastrar a este camino de aspavientos que se transita, atraída por ilusiones y emociones calculadas y montadas con todo tipo de artificios y alharacas. La propaganda y la bocina de medios que comparten el pastel del poder magnifican al personaje, sobredimensionan su talento, sus obras, exageran las expectativas. Uribe no es tan interesante como se ha vendido entre el público, mucho menos deslumbrante, ni su gobierno es profundo ni coherente. No impulsa corrientes duraderas de pensamiento y de acción que pasados los años se pueda esperar saquen a este país de la barbarie y a las mayorías de la miseria.

En las democracias la política no debiera ser campo abonado para la codicia ni para las ambiciones de gloria. Al que le gusta y pueda, que se enriquezca con los negocios que se proponen en los mercados. Y a los que tienen delirios de grandeza, que los amarren por peligrosos y los bañen con agua helada. Los personajes con calenturas de heroísmo son frecuentes en la historia, pero por lo general no han ocasionado sino desastres. Los tranquilos, los sabios, los discretos, construyen. Los arrebatados destruyen. Galvanizan frustraciones y rabias de las gentes, para precipitarlas sin ton ni son al abismo.
La política debiera ser para que los pueblos administren las oportunidades, se gobiernen, avancen con equidad y respeto por la dignidad de las personas. Algo menos espectacular que el heroísmo, pero más útil. Que todos tengan agua potable, atención a la salud, vivienda, educación, trabajo, descanso, acceso al progreso. Que se construyan caminos, se conserve y enriquezca el medio ambiente y se diriman los conflictos sin muertos.

Nadie debiera enriquecerse ni envanecerse con la política. Quien sirve a la cosa pública porque le nace –en este mundo hay oficio para todos los gustos– no saca pecho ni tajada. Es austero y modesto. Más claro, humilde y pobre.

Cuando leo crónicas cada vez más frecuentes y repugnantes de oficiales y soldados que andan como dementes matando gente inocente, asesinándose y torturándose entre ellos mismos; noticias de militares y policías que encarcelan sin razón ni juicio a personas de bien, que secuestran, extorsionan, que trafican con droga; cuando veo este desmadre que le cuesta billones a este país de pobres, pienso que Uribe y los desaforados que lo acolitan montaron una farsa irresponsable. Uniforman manadas incultas, las arman y las sueltan como fieras al lodazal de ponzoñas y corrupción en el que se convirtió Colombia, para decir que se pone frente al delito, cuando lo que hacen es montar delitos de estado sobre los otros delitos.

El año pasado murieron cerca de 700 soldados en el campo de batalla, cifra que no tiene precedentes. Miles fueron devueltos de la selva hechos añicos. Destrozados por minas antipersonales o por balas enemigas. O desquiciados por la manigua. Pringados de pito y leishmaniasis, o de malaria. Jóvenes, casi niños, mártires de una guerra que no les pertenece, para la que no están preparados y que no entienden, no tienen por qué. Hijos de familias paupérrimas tirados al foso de las fieras sin esperanza. Carne de desecho para justificar el alboroto de políticos que sacan pecho, abotagados de privilegios. Y claro, para ganarle al presidente el fasto y la reelección. Tiempo y esfuerzos perdidos.

En los tiempos de Uribe no se acabó la corrupción, como se prometió. La corrupción dejó de considerarse corrupción, que es distinto. Se aclimató la maldad, la perversidad, se transmutó la ética. La noción del éxito se deslizó hacia la rara alquimia de convertir estiércol en oro, sin que nadie se moleste.

a economía se hincha con billetes sucios de coca y sangre, mientras los ministros posan para la prensa abrazados con los capos y los genocidas de mayor peligrosidad. Y mientras, nadan la desfachatez y la impunidad en el caldo viscoso y repugnante de la politiquería, que consiguió congregar alrededor del presidente a la peor zupia. Según cuentan, los contratos billonarios del estado se regalan entre los amigos del régimen.

Eso sí, trepan la miseria, la desigualdad, el analfabetismo, el terrorismo. Se pronuncia el subdesarrollo. La infraestructura se rezaga, no nacen empresas, ni se crean empleos de calidad. A quién le importa. Mientras haya carne de cañón fresca para la guerra, y la mafia exporte 800 toneladas de cocaína al año, todos contentos y el régimen se reelige.


*Ex Constituyente.

 

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