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| No soy amigo de hacer balancess Todo balance requeriría de una definición
previa de cuáles serían Por
Juan Manuel López Caballero* Para quienes respecto a este gobierno hemos sido analistas y
analistas con sentido crítico (esto que debería
ser un pleonasmo es necesario aquí como aclaración),
es claro que si en cuanto a su orientación y manejo fue
muy cuestionable, Toda gestión tiene aspectos positivos y aspectos negativos, sobre ella es natural que debe haber diferentes opiniones, y, lo que es más complicado, diferentes formas de presentarlas. Por eso se me dificulta el compromiso de hablar de un balance del primer Gobierno Uribe. En sustitución de esto, creo que igual o más importante es determinar cuál ha sido la característica principal de este periodo (lo cual, en últimas, como reflejo, puede ser su balance): Parecería evidente que si en algo hay coincidencia entre defensores y críticos del proceso vivido es que Colombia cambió en estos cuatro años. Mi impresión es que no tanto en su situación, económica, de orden público, etc. –como se nos pretende hacer creer–, sino en sus valores: lo que se llama defensa de los principios (en lo individual) y respeto por la legalidad (en lo jurídico–político) han sido sustituidos por lo que llaman pragmatismo, la habilidad para sacar cosas adelante sin importar cuáles o cómo, y por eso se convirtió en mérito el ser capaz de ‘revolcar’ la institucionalidad rem plazándola por ‘el culto de la personalidad’. Eso hace que todo balance requeriría previamente de una
definición de cuáles serían los valores que
servirían de parámetros para establecerlo. Ejemplos son el aumento del déficit fiscal certificado por la Contraloría en su condición de entidad responsable de esa función, o el aumento de la pobreza según las cifras del DANE si no cambia las variables para calcularla, o la disminución del servicio del SENA si no se reducen los cursos a la tercera parte del tiempo para multiplicar los supuestos asistentes, o la contabilización de subsidios de vivienda aprobados presentándolos como construcciones realizadas cuando la realidad contradice esto, etc… O se podrían mencionar casos más preocupantes como el incluir en el ‘gasto social’ un rubro de ‘seguridad’ donde parte de los costos de la guerra ocultan la reducción de la atención a los problemas básicos de la población. Infortunadamente en lo que no es cuantitativo la evaluación es más difícil; pero sin acudir a nada diferente de mi apreciación tampoco me parece que hay un balance positivo: no veo por ninguna parte que se haya logrado acabar con la guerrilla; me parece que la politiquería se descaró en vez de desaparecer; aunque no soy partidario de asumir la corrupción como calificativo sí oigo que los casos al respecto no han disminuido; el clientelismo se legitimó porque se convirtió en astucia para lograr la ‘gobernabilidad’; la meritocracia parece existir pero tomando como mérito la cercanía, el trasfuguismo o el respaldo incondicional al gobierno; y la transparencia parece ser la del teflón que permite que cualquier cosa se cocine sin que tenga importancia si es buena o mala o si es bien o mal cocinada. Estoy seguro de que para otros el balance será diferente; sin dejar de reconocer que hay excepciones lo explico porque en algunos porque asumieron y se beneficiaron de esos nuevos valores; y para una mayoría porque esos ‘algunos’ han logrado imponerlos sin que la ciudadanía se dé cuenta de ello. *Economista e investigador. |
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