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SALIENDO DEL CLÓSET

Un día en la vida de Celina

Una historia de ficción de la colección “Voces Privadas”. Cualquier parecido con la realidad es absolutamente coincidencial.

Por Natalia Springer*
Especial para UN PASQUÍN

Celina se despertó con un calambre en el vientre. Eran las 5 de la mañana. Se incorporó despacio y se fue al baño. Cuando se vio en el espejo con la cara revuelta, comprobó que tenía el aspecto de quien se ha estrellado contra el mundo. Contuvo el malestar con los dientes apretados y supo entonces que no le esperaba un día fácil.

Se había ido a dormir de muy mala leche luego de haber tenido que escuchar al “Máximo Asesor Para la Inmediata Atención Gratuita e Integral a las Víctimas” declarar por la radio que la justicia era un obstáculo que solo entorpecía la paz soñada y que las víctimas eran unos talibanes que solo deseaban la prolongación del conflicto. Y lo dijo de corrido, sin respirar. Y le salió hasta natural, como si hubiera esperado toda la vida para decir semejante imbecilidad.

Él, hoy un alto funcionario, era apenas un muchachito confundido cuando decidió ponerse el camuflado e irse para el monte con unos amigos después de convencerse de que la paz se conquistaba a sangre y fuego; hasta que un día se dio cuenta de que las armas sólo causaban más horror y más inequidad, y decidió abandonarlas y cambió su camuflado por un elegante vestido para convertirse en un experto consultor especializado.

Pero aunque consiguió disimular la apariencia, nunca pudo quitarse de encima ese desgraciado olor a selva. Jamás se disculpó por los daños que causó mientras se encontraba a sí mismo. Jamás le vio la cara a un juez. Y jamás había dejado de defender la impunidad que secretamente lo amparaba. Por eso muchas de sus declaraciones se parecían tanto a una defensa en causa propia. Y por eso lo habían contratado. No ofrecía ni atención gratuita, ni integral a nadie, solo hablaba y decía bobadas con convicción. Pero la verdad sea dicha, el pobre hombre estaba roto. Por las noches, muy a solas, se torcía la conciencia con sus pequeñas adicciones, que lo dejaban sumido en un éxtasis de porcelana que le ayudaba a dormir sin pena.

Pero para Celina no era tan fácil irse a dormir. Más difícil todavía era encontrar las razones para despertarse y seguir adelante. Sin embargo, esa mañana respiró profundo, se juagó la cara y se recompuso para obligarse a estar mejor, calentó un poco de leche y le dio de merendar a sus dos hijos. Los alistó y caminó con ellos por 45 minutos hasta el centro de acogida donde se los recibían todos los días.

Hacía 8 años que estaba huyendo. Perdió la tierra y perdió a su marido. Sin remedio, se amarró sus dos críos al pecho y corrió sin detenerse. Y cuando llegó a la ciudad, se empeñó en dejar atrás el dolor y superarse a cualquier precio. Nunca le pidió un centavo a nadie. Lo único que quería era olvidar. Pero no lo consiguió. Por eso, cuando se montó en el bus y volvió a escuchar por la radio la repetición de las declaraciones y los comentarios de los periodistas, una rabia como un fuego feroz se apoderó de ella. Nadie tenía derecho a especular sobre el estado de su alma cuando ni siquiera habían querido escucharla.

Se esculcó con furia. Se buscó por dentro cualquier indicio de estar entorpeciendo la paz con su dolor, con su ira, con su resentimiento. Con el ánimo caldeado se respondió a sí misma en voz alta que no tenía la fuerza para obstaculizar un proceso para el que no existía, ni siquiera podía quitarse de encima el hambre que le taladraba el estómago y las sienes todos los días. Lo único que siempre había querido y que continuaba reclamando era cualquier información sobre los restos de su marido, saberlo muerto, aceptarlo muerto y llorarlo por fin. Recoger sus restos primorosamente en una cajita, devolverle la dignidad que le sobrara en vida ¡y enterrarlo de una maldita vez! Tenía la esperanza cifrada en que eso le ayudaría a salir adelante.

Decidió no calmarse. No pedirse a sí misma cordura, ni ocultar su rabia. Es que no solamente había tenido que huir y sufrir a solas sin el más mínimo apoyo, sin ayuda para sus hijos, negándosele la existencia del conflicto del que era víctima; es que además, ahora ella era la culpable de que no hubiera paz sin haber sostenido jamás un fusil en las manos. ¡Es que esto es de locos!, pensó.
Cuando llegó al parqueadero en el que le guardaban el cajón de dulces con el que se estacionaba todos los días frente al Ministerio, ya destilaba la hiel de sus pensamientos. Por eso cuando Don Juan, el administrador del parqueadero, le advirtió que había policía rondando y que debía tener cuidado para que no le quitaran su cajón de dulces, no se inmutó, ni sintió miedo, ni se dejó intimidar; es más, se sintió fascinada por la idea de luchar, de devolver el golpe, de desatar su rabia y dejarla libre. Y se rió pensando en los pobres policías huyendo despavoridos ante la visión de una fiera de semejantes dimensiones.

Así pasó todo el día. Se reprochó el haber permanecido entumecida, el silencio, la mansedumbre, el miedo. Tal vez si hubiera dicho algo antes, tal vez si toda la gente que conocía en su situación hubiera dicho algo, tal vez entonces no les ignorarían de esa forma. Por eso cuando llegó a casa y se encerró en el cuarto de baño, el resentimiento que sentía era consigo misma.

Pero cuando se quitó la blusa y se vio el pecho mutilado por el cáncer, como tantas mujeres desplazadas igual que ella y sin que nadie supiera todavía explicar la coincidencia, se sintió más sola que nunca y quiso honestamente entregarse al llanto sin luchar, ya no por la tragedia de su vida sino por pura compasión con esa pobre alma al otro lado del espejo. Pero fue precisamente en ese instante en el que se recompuso: se dio cuenta de que estaba viva, a pesar de todo. Sí. La supervivencia tiene rostro de mujer, pensó, y ese pensamiento la hizo fuerte. Nadie podía arrebatarle su dignidad mientras estuviera dispuesta a defenderla hasta el final. En ese cuerpo menudo y frágil habitaba un espíritu inflamable, capaz de resistir. Nunca justificaría la violencia pero tampoco olvidaría la verdad. La justicia es también una cuestión de tiempo.

Fortalecida por su propia liberación, salió a la calle. Era de noche y había pocas luces encendidas. Esa ciudad tan ajena y brutal de pronto se asomaba serena y generosa. Lima nunca había lucido tan bella como en ese preciso instante



*Una historia de ficción de la colección “Voces Privadas”. Cualquier parecido con la realidad es absolutamente coincidencial.

**Natalia Springer es autora de ‘Desactivar la Guerra. Alternativas Audaces para Consolidar la Paz’. Ed. Aguilar, 2005
Opine en desurasur@gmail.com

 

 

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