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Arroz, IVA y el cuerpo
diplomático

¿Qué proporción del ingreso disponible de los hogares ricos se dedica a adquirir alimentos básicos, y cuanto en los hogares pobres o de clase media?

Por Juan Camilo Restrepo Salazar*
Especial para UN PASQUÍN

Le escuché decir a un banquero en televisión (por estos días en que se anunció la nueva reforma tributaria), palabra más palabra menos, lo siguiente: “No entiendo por qué tanta algarabía por la extensión del IVA a los productos de primera necesidad. ¿Acaso es que en los hogares del Chicó no se consume también arroz?” Y esto lo soltó así, sin inmutarse, como quien analiza con frialdad un balance.

Por supuesto: el arroz se consume tanto en los hogares del Chicó como en los de ciudad Bolívar. Pero la pregunta correcta no es la que hacía el banquero. Lo que es preciso indagar es: ¿qué proporción del ingreso disponible de los hogares ricos se dedica a adquirir alimentos básicos, y cuanto en los hogares pobres o de clase media? Por supuesto es mucho- muchísimo más- en los segundos que en los primeros.

Este es el tema central del debate sobre la ‘equidad’ que debe abrirse en torno al diseño de la reforma tributaria que ha revelado el gobierno. Y seguramente este será el punto central de discusión en el Congreso.

Pues así les devuelvan el IVA a los estratos 1 y 2 del Sisbén (mediante un complejísimo procedimiento a través del Banco de las oportunidades que, paradójicamente, se va a estrenar devolviendo el IVA pagado por los más pobres y no prestándoles plata), lo cierto es que el grueso del recaudo lo extraerá el gobierno –tal como ha sido planteada la reforma– de las clases medias a las cuales no se les devolvería nada del IVA. Y para las cuales la compra de alimentos y la factura de servicios públicos representa una porción considerable de su ingreso disponible. A diferencia de lo que acontece con las familias del Chicó.

Técnicamente es defensable que se extienda la base del IVA y que se reduzca la dispersión tarifaria en este tributo pasando de nueve a tres tarifas. Pero lo que no tiene ninguna justificación en términos de equidad es que se proponga, al mismo tiempo que se comprimen los beneficios de las rentas de trabajo, una elevación tan despiadada de las tarifas del IVA: la más baja quedaría en el 10%; la promedio (que se debería reducir en vez de subirla) del 16% al 17%; y una para artículos denominados como de lujo al 24%.

Teniendo cosas positivas la iniciativa tributaria cuyas bases han sido presentadas, no es menos cierto que favorece desproporcionadamente más a las grandes empresas que a las clases medias del país. Estos segmentos –de aprobarse la reforma tal como la ha diseñado el gobierno– serían las que llevarían el grueso de carga fiscal. Hasta el punto de comprimirlas a una mínima expresión: acaso hasta la pauperización que las haría casi desparecer.

* * * * *

Esta propuesta del gobierno me ha hecho recordar la siguiente anécdota que alguna vez le escuché a un viejo diplomático colombiano que le ocurrió al llegar a su primer puesto en una de nuestras embajadas centroamericanas por allá hacia 1930:
El día en que llegó el joven secretario, nuestro embajador en ese país le dio una cena de bienvenida y allí le contó cómo funcionaba aquella republiqueta en la que no se movía una hoja si no lo autorizaban las tres familias que allí mangoneaban. Y entonces el novel secretario preguntó sorprendido:
“Pero dígame embajador: ¿es que acá no hay clase media?
A lo cual respondió el embajador:
“¡Claro, mijo, el cuerpo diplomático!.


*Ex ministro de Hacienda y de Minas y Energía.

 

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