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| El tratamiento del sicario La amistad entre Escobar y Santofimio era política, no de índole altruista. El político tolimense sabía a quién había qué comprar en el Congreso, en los gobiernos, en los partidos. Y sabía quiénes se atravesaban en sus pretensiones. . Por
Iván Marulanda* Hubiera querido acompañar en las pasadas semanas a la
familia de Luis Carlos Galán a presenciar el juicio que
se adelanta en los tribunales contra Alberto Santofimio. Estaba
en Bolivia y no me fue posible asistir, como era mi deseo. Por
esos días hacía parte de la Misión de Observación
de la OEA Tengo fe en la justicia colombiana y quiero como el que más ver salir airosa la verdad. Sé que los poderes detrás de Santofimio no son despreciables. Me refiero a parte de la gran prensa y al ejército de políticos amigos, cuya nómina encabeza el propio Álvaro Uribe. Eso cuenta de alguna forma y hace contrapeso para intentar que se difumine la verdad entre brumas, sofismas, artificios y vaguedades, pero espero que no sea suficiente para taparla del todo. Los jueces conocen su oficio. Además saben que este país, los hijos de ellos, sus nietos y los todos sus conciudadanos, no se salvan si en esta sociedad reina la impunidad, sobre todo en tratándose de casos emblemáticos como este. Alberto Santofimio es de arrancada un pillo –veremos con qué título sale graduado del proceso– y Pablo Escobar era un asesino. La amistad entre los dos era política y por lo mismo en ella se tramaban e impulsaban empresas políticas. No de índole altruista, que esa no era la naturaleza de Escobar, mafioso y matón. Ni el político tolimense tendría mayor cosa qué aportarle a esa sociedad en las técnicas de refinación de la cocaína, ni en la apertura de las rutas de su comercialización por el mundo. Las rutas que él atendía eran otras. Sabía a quién había qué comprar en el Congreso, en los gobiernos, en los partidos; para abrir otros caminos, los del poder y la impunidad. Y sabía las claves para entrar en esas conciencias. Y conocía quiénes se atravesaban en sus pretensiones criminales, eran insobornables y por lo mismo, debían recibir el tratamiento radical: el del sicario. En las reuniones de bandidos no están presentes personas de bien. Sólo criminales pueden relatar lo que ocurre en ese tipo de círculos. La verdad no es más o menos verdad, porque la diga el pervertido o el inocente. Si es la verdad, es la verdad, venga de donde viniere. No se puede esperar que un obispo o una monja de la caridad se pongan delante del juez para decir con detalles cómo se inspiró y planeó el asesinato de Luis Carlos Galán. Nadie les creería. Los únicos que saben esos secretos son vulgares gatilleros, que oyen tramar a los capos y luego cumplen sus designios. Las crónicas que publican sobre el caso periódicos y revistas con enormes despliegues, por lo general están pensadas con perversidad para desinflar a la opinión, bajarle presión al proceso y tratar de desalentar a la justicia. Después de muchas vueltas concluyen que sí, pero que no, pero quizás tal vez, aunque mejor quien sabe. Y se rascan la cabeza para rematar la farsa haciéndose los preocupados... “Claro que el testigo es un asesino de siete suelas...” Es el embolate en el que mantienen a este país los que siempre disfrutan del poder y se enriquecen a su amparo, esté el poder en donde esté, sin escrúpulo. Ellos saben que en el momento que se deje venir la avalancha de las verdades, se sabrán infinidad de detalles sobre su doble moral y sobre su laxitud. Entonces tapan, bajo la apariencia de informar. No dudo que en cuanto Santofimio sea condenado se abrirían estrepitosos expedientes de fortunas y poderes políticos consolidados a lo largo de las últimas décadas en alianza con el narcotráfico. La posibilidad de que el hombrecito cante, empanica a los que tienen rabo de paja y los pone a cavilar sobre variantes torcidas. Se debe blindar a la justicia con la confianza ciudadana, para que se sienta rodeada del ambiente de seguridad que le permita poner sobre la balanza los elementos que pueden informar a cabalidad su fallo y sostener con firmeza la espada, siempre con la venda puesta en sus ojos, que le impida ver los orangutanes que la asedian y la falsa apariencia del reo... que el monstruo lo lleva adentro. *Ex Constituyente. |
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