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Sobre los nombramientos

Tras el intento de nombrar a Samper en la Embajada de Francia,
tanto como maniobra política, como en politiquería, los resultados coinciden
con los intereses de Uribe aunque difícilmente con los del país.

Por Juan Manuel López Caballero*
Especial para UN PASQUÍN

Falta mucho por analizar en la crisis desatada con el intento de nombrar a Samper en la Embajada de Francia. Ante todo no debería ser tan elemental el suponer que Uribe simplemente ‘se equivocó’ y calculó mal lo que produciría. A riesgo de equivocarnos, los antecedentes de las ‘jugadas’ del actual mandatario deberían hacernos presumir que incluyó en su decisión la posibilidad de que sucediera lo que sucedió pero que alguna motivación adicional lo llevó a intentar ese nombramiento.

¿Cuál fue esa segunda motivación? ¿Creyó que lograrlo era repetir la ‘hazaña’ lograda de cooptar un poder político que antes había distanciado (con el nombramiento de Fernando Londoño)? ¿Pagaba el favor de Samper de legitimar como ‘liberal’ su gobierno? ¿O el favor de dividir el partido que le hacía la oposición? ¿O estimó que esa nominación era bien vista por Francia por su interés en el acuerdo humanitario? ¿O por lo menos que mejoraría el aspecto de mala imagen que tiene su gobierno en ese sentido? ¿O previó que una posible renuncia de Pastrana implicaba debilitar la cohesión del Partido Conservador y volverlo más negociable? ¿O simplemente tenía ese compromiso ya acordado por debajo de la mesa (como pasó con los paramilitares o con el TLC)? Sea cual fuere la o las otras consideraciones que lo llevaron a dar ese paso, y con la habilidad ya conocida para convertir males colombianos en ventajas para su imagen o para sus políticas, no sería raro que sea más lo que saca que lo que pierde en este episodio.

Entre lo que gana está el neutralizar a los partidos políticos puesto que estos quedan con divisiones internas muy profundas y ni Samper ni Pastrana podrán como líderes proponer o intentar oposición a su Gobierno; mal que bien ganó también por lo menos tres grandes cupos para la difícil repartición a la que está dedicado y además salió de cuotas personales para las cuales pocos sitios servían (parece que no contó fue con que María Ángela Holguín quien desde la primera campaña se sentía ya Canciller aceptaría por segunda vez quedar de subalterna de alguien con mil veces menos trayectoria que ella en ese campo).

Tanto como maniobra política, dado el estado en que quedan los dos partidos tradicionales; como en politiquería con el espacio clientelista ganado o cubierto; los resultados coinciden con sus intereses aunque difícilmente con los del país.
Pero otro tema posiblemente más grave es la forma en que se desenvolvió todo el episodio alrededor de las acusaciones a Samper, desapareciendo otros que podrían prestarse a igual o mayores cuestionamientos.

En especial está de por medio la ‘compra de conciencias’ de la que hablara en su momento Andrés Pastrana. La retribución con cargos –y más cuando es con puestos diplomáticos– como mecanismo de acercamiento con jefes políticos fue aquí igual o peor que las anteriores. Como un caso más de a quién se debe cuestionar cuando se da el abandono de lo que uno ha representado o adhiere a lo que uno ha combatido, aquí el famoso dicho de que no se sabe que es peor si ‘el que peca por la paga o el paga por pecar’ sí puede ser respondido, puesto que el que paga lo hace por sistema (lo hizo con Noemí, Serpa, Pastrana, Samper) y lo hace a nombre de y con recursos de la comunidad, mientras que los nombrados lo hacen como decisión personal, aún si sus seguidores se sienten con razón defraudados.


*Economista e investigador.

 

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