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| En el aniversario de Las mentes que conducen a este país de algunos
años para acá no están Por
Iván Marulanda* Hace quince años se reunió la Constituyente y me
provoca decir algo. El evento fue maravilloso por la manera como
se llegó a él, por la mayoría de los protagonistas,
por los desenlaces que tuvo adentro y por los resultados. Por
su significado en el marco de época tan apasionante y difícil.
Lo que digo es esto. Las mentes que conducen a este país de algunos años para acá no están en sintonía con el espíritu de esa Constitución, me parece que preferirían cambiarla del todo. Debieran hacerlo, en eso me imagino que están, para salir de esta esquizofrenia en la que vivimos. La utopía de un lado y golpes de mano de la realidad cotidiana por el otro. Ya hasta la Corte Constitucional se alineó con los disidentes y los saboteadores para decir que lo que dice la Carta no lo dice, entonces qué sentido tiene seguir creyendo que en esos textos está escrita la manera como vive y se gobierna Colombia, o como quisiera hacerlo. En síntesis, el país funciona al margen de la Constitución y de la ley, en la más absoluta informalidad y sometido a golpes de mano permanentes. Para qué decirse mentiras. La violencia y la arbitrariedad marcan los grandes sucesos y también el día a día. Cuentos chinos, imposición, fraudes, arbitrariedades y bala. Luego vienen las interpretaciones para el público de por qué las cosas son como son y no como se imaginan quienes aún creen en la Constitución. Escritores y magistrados del régimen se encargan de hacer la limpieza del lugar del crimen y el lavado de cerebros. Micrófono, propaganda y verborrea doctrinaria. No desafío ni soy cínico. Hablo en serio. Para qué alardear de democracia, estado social de derecho, derechos humanos, justicia, descentralización. A pocos interesa en la calle y a nadie en las esferas del poder. La verdad es que en esta sociedad el que tenga el arrojo de matar al que se le atraviese, el que tenga la audacia de llenarse los bolsillos de dinero a cualquier título y de comprar conciencias, logra lo que le dé la gana. De ahí en adelante, enderezar la plana es cosa de los negociadores de “paz” del gobierno que no se sonrojan por nada, de las “fuerzas del orden” que apuntan al revés, de las mayorías del Congreso contratadas para el oficio de lavado y limpieza, y al final, en la planta de acabados que funciona en las Cortes, se remiendan y entallan los detalles que quedan faltando. Hace tiempos que la economía colombiana no tiene interpretación sincera, ni las relaciones sociales y las realidades políticas se reconocen en sus contenidos y formas ciertos. Está puesta la farsa en escena y por debajo, rueda como loca la verdad cruel e indecente del ilícito, la barbarie y la arbitrariedad. De dónde sale la plata, a cuenta de qué y para beneficio de quiénes son los muertos, cuántos más faltan, hasta dónde deben llagar el exabrupto jurídico, el sofisma mediático, eso no importa, no se pregunta, se calla, se da por sabido y se acepta en silencio, en complicidad, cuando más tres golpes de pecho y la oración en la misa del domingo. Y el circo continúa la función. A los pueblos de Europa del Este les costó aguantarse en el siglo reciente cerca de ochenta años de esclavitud y varias decenas de millones de muertos por someterse inanes a la crueldad del comunismo, a su disfraz de entelequias, mentiras y fantochería. Pueblos enteros envarados en bayonetas, purgados en campos de concentración y aturdidos por el vocinglerío de los propagandistas. Cuando por fin levantaron la enjalma, no encontraron sino llagas, miseria. Salvaron la cara los de la resistencia. Para allá va Colombia. Salvarán la cara, en la resistencia, los que quieren la Constitución. *Ex constituyente, ex candidato liberal a la Vicepresidencia. |
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