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Antropofagia guerrillera

En las FARC no se aprecian señas de acoger un proceso de paz. En cambio en el ELN parece haber disposición de negociación y afán de legitimidad política.

Por Rafael Guarín*
Especial para UN PASQUÍN

Los antiguos socios en la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar parecen hoy más enemigos que aliados. El fin de semana pasado el Bloque Oriental de las FARC anunció una campaña de exterminio contra “revolucionarios que actúan al servicio del enemigo” y que hacen parte del ELN. El mensaje publicado en su página web refleja el nivel de tensión entre esas organizaciones. En Arauca se combaten abiertamente, mientras en algunas zonas del suroccidente colombiano realizan operaciones conjuntas.

El desencuentro tiene profundas raíces políticas. Por una parte, así su retórica diga lo contrario, las FARC desde hace varios años decidieron apostar a la toma del poder a través de las armas y relegar la negociación. Tanto en el gobierno Betancur como en el de Pastrana los diálogos de paz fueron más una táctica al servicio de la estrategia bélica. A partir de la séptima conferencia de 1982 se inició el fortalecimiento de la vía militar, al punto que en la década anterior saltaron de la guerra de guerrillas a la de movimientos. El Plan Colombia y la Seguridad Democrática los obligó a un repliegue estratégico.

El rumbo del ELN fue distinto. A finales de los años ochenta se impuso la línea guerrerista y se desechó la negociación con el gobierno, pero hacia 1996 su acción política y militar llegó al punto de inflexión y comenzó a descender, abriendo un debate interno que apunta al diálogo. Sin duda, el aparato coercitivo del Estado y principalmente los paramilitares habían mermado la estructura y golpeado severamente sus bases sociales. Con el tiempo, esa agrupación se encontró en un escenario muy complejo, al que se sumaba la penetración de las FARC en sus regiones de influencia. No inmiscuirse como esa guerrilla en el narcotráfico significó que su capacidad militar se rezagara. Perdió en ese terreno pero ganó maniobra en lo político.

El nuevo periodo de gobierno de Álvaro Uribe coincide con una segunda fase de la Seguridad Democrática. Aun-que el conflicto armado se niega en el vocabulario gubernamental, lo cierto es que los documentos oficiales trazan una estrategia dirigida a doblegar la voluntad de lucha de las organizaciones guerrilleras, como paso hacia la negociación política. La respuesta de las FARC y del ELN es diferente.

En las FARC no se aprecian señas de acoger un proceso de paz. En cambio en el ELN parece haber disposición de negociación y afán de legitimidad política. Su propuesta de Convención Nacional para solucionar el conflicto y la reducción de los ataques a la infraestructura, demuestran la preferencia interna de la acción política respecto a la armada. Es revelador que antes de las elecciones parlamentarias el grupo haya invitado a votar a los ciudadanos, lo que es un cambio de enorme magnitud en una organización partidaria de la abstención desde la época del cura Camilo Torres. También lo es su intervención a favor del Polo Democrático y del Partido Liberal en la contienda presidencial.

Un proceso de paz exitoso con el ELN sería clave para propinar una segunda derrota política a las FARC, después del repudio masivo de la población expresado a partir de 2002. Ojalá estemos equivocados, pero todo indica que esa agrupación se concentra en ganar el pulso al Estado quebrando la Seguridad Democrática en las próximas elecciones presidenciales. No es absurdo, ni prematuro ese razonamiento. Si el grupo guerrillero mantiene capacidad operativa para demostrar que sigue vigente y que el esfuerzo estatal es un fracaso, es posible que se abra paso entre los electores volver a la mesa de negociación y limitar el ejercicio legítimo de la fuerza. Además, el reloj de la guerrilla gira más despacio, finalmente desarrollan una guerra popular prolongada que lleva más de cuarenta años.

Pero el proceso con el ELN rompe esa lógica, “desparamilitariza” las negociaciones del gobierno, demuestra que son posibles y compatibles la respuesta militar y la salida política. Igualmente, arrebata o por lo menos neutraliza las banderas de diálogo a la coalición de centro izquierda que enfrentará en las elecciones de 2010 a las fuerzas gubernamentales. En síntesis, puede contribuir a generar un escenario donde la Seguridad Democrática se prolongaría más allá de Uribe. Eso sería fatal para las FARC que después de ocho años de mano dura esperarán un respiro.

Por todo lo anterior, es apenas comprensible que esa guerrilla vea en el proceso con el ELN una grave amenaza. Los “elenos” comprometidos sinceramente con la paz se convertirán en objetivo militar de los “farianos”, pero en zonas donde trabajan conjuntamente es posible que las FARC absorban algunas disidencias, lo que se facilitará por la relativa autonomía con que cuentan en el seno de la organización.

En la búsqueda de la paz el ELN encuentra el principal enemigo en quienes han sido sus socios y no en sus antagonistas históricos. El gobierno y los partidos de oposición deben contribuir al fortalecimiento del proceso y a la construcción de una ruta que les proporcione un ingreso apropiado a la lucha democrática. No es el momento de la duda. En 1973 la Operación Anorí pudo acabar ese grupo, pero se dudó. Más de treinta años después, la duda no cabe para conseguir por la negociación el fin de una organización que aún no está derrotada.


*Profesor de la Facultad de Ciencia Política y Gobierno de la Universidad del Rosario

 

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