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Seguridad Democrática: La grave situación de orden público que vive el sur del país exige un replanteamiento inmediato de la política de Seguridad Democrática. Preocupantes cifras oficiales y el testimonio de miles de colombianos desmienten el triunfalismo del gobierno y corroboran las malas noticias provenientes de la zona. Por Pablo Casas Dupuy* Paradójicamente la política gubernamental por la que la opinión pública, e inclusive varios opositores, le reconocen mayores logros al gobierno Uribe, es una de las políticas cuyos resultados dejan más que desear. Si bien es cierto que durante este gobierno se han reducido considerablemente los secuestros, las extorsiones y los homicidios, según ciertos indicadores utilizados para hacer seguimiento al conflicto, los grupos alzados en armas aún no han sido golpeados significativamente y los resultados de “la guerra” contra estos no son todavía favorables a las fuerzas del Estado. Por ejemplo, los ataques por iniciativa de los grupos irregulares
al margen de la ley contra la fuerza pública han aumentado
considerablemente en los últimos 4 En materia de ataques realizados por iniciativa de la fuerza pública contra los grupos al margen de la ley, estos han disminuido de manera importante durante los últimos tres años. Mientras que en el año 2003 se realizaron 2,414 ataques por iniciativa de la fuerza pública, en el 2005 solo se realizaron 1,772. Así mismo, la letalidad de los ataques por parte de las fuerzas del Estado ha disminuido desde que se implementó la Política de Seguridad Democrática. Mientras que entre 1998 y 2001 el promedio de bajas por combate fue de 1.8, entre 2001 y 2004 este promedio se redujo a 1.4(3). Peor que antes El incremento del número de ataques por iniciativa de la guerrilla contra la fuerza pública, el incremento de los ataques de sabotaje contra infraestructura estratégica, y la mayor cobertura de municipios atacados por esta, indican sin duda que su capacidad militar está intacta. En ese sentido, lo que ha ocurrido es que la dinámica del conflicto ha cambiado. Si bien ya no son frecuentes los secuestros masivos en las carreteras, ahora lo son las voladuras de torres de energía. Si bien ya no son comunes los ataques y el secuestro de grandes unidades militares, ahora son más frecuentes los ataques a unidades móviles de la fuerza pública. Si bien antes el conflicto se concentraba en unas regiones del país, hoy día se ha hecho extensivo a más puntos del territorio nacional. Hoy más que nunca, las áreas efectivamente controladas por el Estado son menos. Si bien el estado ha hecho un gran esfuerzo por hacer nuevamente presencia en cabeceras municipales que habían sido desprovistas del servicio de policía dando así la percepción de “control” y seguridad, ésta presencia parece ser inocua pues éstas unidades policiales no pueden salir del perímetro urbano sin ser atacadas y hostigadas por la guerrilla o por paramilitares, que son quienes ejercen el verdadero control territorial alrededor de dichas cabeceras municipales. Por otra parte, la disminución de los ataques contra la guerrilla por iniciativa de la fuerza pública así como la disminución en la letalidad de estos, evidencian que la fuerza pública llegó a un máximo nivel de operatividad cuando recibió la inyección de recursos del Plan Colombia, pero estos no han sido suficientes para sostener un mismo ritmo de ofensiva, resultando en un desgaste de estas a partir de 2003. ¿Improvisación? Si este es un Gobierno cuya prioridad es ganar la guerra lo primero que debió hacer fue un diagnóstico detallado y profundo de la estructura y situación del Sector Defensa preguntándose si esta era la adecuada para obtener los resultados deseados. Desafortunadamente, el asunto de ganar la guerra en nuestro país no es tan sencillo como lo ha venido asumiendo el Gobierno. Este asunto amerita muchos más recursos, más estrategia y una profunda reingeniería de las fuerzas de seguridad. Sin entrar en mayores precisiones, para ganar la guerra se requiere duplicar el esfuerzo que hasta el momento se ha hecho. Se necesita por lo menos el doble de los recursos económicos destinados para ello hasta el momento, y se requiere por lo menos duplicar el pie de fuerza de los organismos de seguridad del Estado. Sin embargo, tanto el modelo de seguridad nacional, como las instituciones del sector, presentan problemas estructurales y funcionales muy serios, los cuales impiden a los hombres que las integran presentar los resultados que se les exigen. Existen grandes inconsistencias entre los roles y las funciones de las fuerzas que componen el modelo de seguridad de la Nación, tal como ocurre entre Policía y Fuerzas Militares. Los sistemas de inteligencia y análisis de información, aún no están adecuadamente coordinados para que su función se traduzca oportunamente en los operativos deseados, los modelos de formación del personal ameritan una profunda revisión para adecuarlos a nuestros escenarios de guerra y conflicto, y los niveles de corrupción e infiltración de los organismos estatales por parte de la delincuencia son aún significativos. *M.A. en International Security Studies. Analista en temas
de Defensa y Seguridad. |
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