Las corridas de toros: una barbarie disfrazada de arte

La tauromaquia es una de las manifestaciones de incultura y subdesarrollo más repudiadas por el mundo. En Colombia, la abolición de esa barbarie cada vez estás más cerca. Es ahora o nunca.

Por Gonzalo Guillén
Especial para Un Pasquín

No conozco un solo argumento válido en favor de las corridas de toros, práctica por fortuna, en vías de extinción; pues hoy solamente se practica en ocho países: Colombia, España, Francia, México, Ecuador, Perú, Portugal y Venezuela. En octubre de 2012, El Espectador, de Bogotá, entrevistó al taurófilo español y “filósofo de la moral”  Fernando Savater (uno de los petulantes vivos más reconocidos del mundo contemporáneo) y a la pregunta sobre si los animales tenían derechos, arrojó esta perla:

Los animales no tienen derechos en el sentido estricto de la palabra, pues tampoco tienen ningún deber”.

Querría decir entonces este disparate que, por ejemplo, los niños de brazos o los enajenados mentales no tienen derechos en el sentido estricto de la palabra, pues tampoco tienen ningún deber.

Screenshot 2014-08-26 19.41.12Así, con este tipo de consideraciones, es como se defienden las corridas de toros, el sanguinario espectáculo de sufrimiento de un ser vivo al que le destrozan los músculos del cuello para que un asesino pueda ejercer el “arte” del toreo y quitarle la vida sin ningún derecho moral. En la misma entrevista, a la pregunta de si la abolición de la fiesta brava sería también el fin de los toros de lidia (desarrollados mediante manipulación genética solamente para torturarlos y matarlos en un espectáculo de sangre y horror) el “filósofo de la moral” argumentó:

Los que luchan contra la fiesta del toro no tienen claro que su desaparición no sería simplemente la desaparición de los toros bravos. En España, las dehesas donde se crían son un ecosistema específico que comprende bosques, aguas y muchos otros animales pequeños y grandes. Acabar con los toros bravos es condenar esos terrenos, verdaderas reservas naturales, a ser campos de maíz transgénico”.

¿Qué tal? Lo que Savater ni los taurófilos en general se atreven a reconocer, en vez de enredar tanto la pita, es que sienten fascinación por la barbarie. No es, de ninguna manera, amor al arte sino una enfermedad mental llamada sadismo y es descrita así por  el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: “Crueldad refinada, con placer de quien la ejecuta”. Wikipedia la describe mejor: “Comportamiento consistente en sentir placer causando dolor físico o psicológico a otro ser vivo”.

De acuerdo con la manera de pensar de Savater y los enfermizos amantes de la brutalidad taurina, sería necesario restablecer la esclavitud para que no se vaya a acabar la raza negra. O reavivar la cacería de indios en los Llanos Orientales de Colombia y las selvas amazónicas para que no se extingan el “arte” y la esencia de los verdaderos vaqueros, como los seis hombres∫ y dos mujeres que en 1968 cometieron la masacre de 16 indígenas Cuiba o en la finca La Rubiera, de Arauca.

El escritor Horacio Atuesta, en julio de 1972, había publicado en El Tiempo, de Bogotá, que vaqueros de aquella región alguna vez lo invitaron “a una cacería de indios” y le explicaron que se trataba de una antigua tradición cultural tan común y corriente como matar tigres, “porque el tigre también se come el ganado”. Durante el juicio que se les siguió a los asesinos de los cuibas, Luis Morín, uno de los acusados, declaró: “Yo no sabía que matar indios era malo”. Luego, este Savater llanero, amplió su argumento “filosófico” y “cultural”:

“¿Por qué iba a pensar que era malo si a los indios aquí los ha matado el gobierno, los matan los de la ley, los mata el dueño del hato donde trabajo? Y, bueno, los mató mi padre y yo creo que mi abuelo y me dijeron que los antiguos también. Y nunca se quejó nadie”.

A este asesino, que purgó parte de su pena en la isla de Gorgona, le faltó formación jurídica y filosófica para haber podido agregar con mayor certeza que asesinar indígenas es no solamente un arte sino una tradición popular y, por tanto, debe ser protegida por el Estado, como lo estipuló una sentencia retorcida y demencial de la Corte Constitucional en favor de las corridas de toros, basada a las patadas en una disposición constitucional que ordena proteger las artes y traiciones populares. Uno de los abogados defensores de los asesinos de La Rubiera no tuvo empacho para alegar ante el juez que, inclusive, el propio presidente de la república Rafael Reyes (1904-1909), durante sus correrías por los llanos y las selvas colombianas había comido carne de indio.

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[Caricatura tomada de la revista ‘Semana’]
El freno a la cacería de indígenas al estilo de La Rubiera, valga decir, le dio paso a otro tipo de masacres de indígenas mediante bombardeos, uso de motosierras, ejecuciones extrajudiciales, envenenamiento de las aguas que beben y descuartizamientos que practican los paramilitares, las guerrillas y las fuerzas militares y de Policía (en lo que para la mayoría del país ya son un “arte” y una tradición). Es ya una usanza, es la cultura de la muerte que la Corte Constitucional debe entrar de inmediato a proteger. De no hacerlo (siguiendo la línea de pensamiento de Savater), se pueden acabar los paramilitares, los guerrilleros y los militares mismos. Regresando al Savater español, sumo pontífice, palabra mayor de la tauromaquia y máximo dispensador de argumentos inteligentísimos en defensa de ese “arte”, sostiene que la suerte del toro de lidia sin corridas puede ser pronto como la del caballo:

El caballo salvaje pasó a usarse en el campo, en la guerra, en el transporte. Ahora sobrevive débilmente porque se usa para pasear y jugar a los vaqueros”.

Para no ir más lejos, con estos argumentos “filosóficos” sería necesario resucitar el dramático, masivo y doloroso espectáculo callejero de explotación inmisericorde que hasta hace unos meses daban en Bogotá millares de carretas de carga tiradas por caballos o “zorras”. El sabio español dirá que los animales, salvados y adoptados en fincas para curarles las heridas causadas por la expoliación y dejarlos descansar, “ahora sobreviven débilmente”. A los toreros, que también llaman matadores, les subrayan, ante todo, su “valentía”. Aminoran al animal antes de salir a la arena, le pulen los cuernos para que no pueda defenderse de su asesino, nunca antes ha visto una plaza, no ha sido lidiado y carece de experiencia para combatir al habilidoso asesino que lo engaña con una manta y a los torturadores que le destrozan el lomo con púas y garrochas con el objeto de causarle un dolor insoportable. Por último, es asesinado con un machete puntilloso que el criminal saca de la manta roja y se lo hunde hasta lo profundo del corazón cuando, moribundo, menos posibilidades tiene de defenderse. Esto, dicen, es “arte” y “valentía”. Además, se trata de una “profesión”.

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[Caricatura tomada de la revista ‘Semana’]
Comparados con los toreros, los sicarios también son artistas. Mientras más pueden hacer sufrir a su víctima y causarle la muerte sin la menor posibilidad de defenderse, su capacidad artística es mayor: son mejores sicarios, sicarios admirables, constituyen mejores carteles. Ambos tienen vírgenes patronas que los protegen. Los asesinos de toros están consagrados a  Nuestra Señora de la Esperanza Macarena y los otros a Nuestra Señora Santísima Virgen de los Sicarios, de Sabaneta, Antioquia,  y –creo yo– verdadera patrona de Colombia. Los sicarios de toros y los de humanos solamente trabajan por plata, cada vez cobran más en la medida que refinan su “arte” y se deben a mafias que los protegen e imponen. Ambos, también, actúan únicamente con sus propias cuadrillas para mayor certeza en la comisión de sus crímenes (“cada torero lleva su cuadrilla”, dice el refrán). Uno y otro comienzan normalmente a cometer sus primeros crímenes para comprarle una estufa de gas a su pobre madre enferma y terminan sin saber cuántas fueron sus víctimas, como  son los casos, por ejemplo, de “El Mexicano”, “Popeye”, “Manolete” o un tal “Joselito”.

Hoy, crece en el mundo entero la argumentación para abolir las corridas de toros en los ocho países donde subsiste esa incultura, ese rezago salvaje de la cada vez más maldecida herencia española en América. Francia las ha acogido casi todas y dictado recientemente una ley magistral, equivalente en el mundo de hoy a la abolición de la esclavitud en el Siglo XIX. En ella estableció que, jurídicamente, los animales ya no son bienes muebles (como en Colombia) sino “seres vivos dotados de sensibilidad”.

Esta norma revolucionaria debe ser introducida en Colombia, más aún cuando el país se inclina hoy por sacar adelante un proceso de paz que le ponga fin a los últimos 50 años de guerra y le permita ascender un escalón hacia un estadio de civilidad en el que la existencia, incluida la de los animales, tenga reconocimiento, protección, atención y prioridad.

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