Por Leopoldo Villar Borda

Era un obseso del poder. Para alcanzarlo se valió de los sobornos y, cuando estos no fueron suficientes, utilizó la violencia. Veía enemigos por todas partes y conspiró para destruirlos. Con tal de lograr sus fines, traicionó a quienes habían sido sus compañeros de empresas políticas. Quería desaparecer a sus rivales a cualquier precio, y al ser derrotado incitó a la insurrección contra el gobierno legítimamente constituido.

Según Salustio, “su espíritu era temerario, pérfido, veleidoso, simulador y disimulador de lo que le apetecía… Siempre deseaba cosas desmedidas, increíbles, fuera de su alcance… Le había asaltado un deseo irreprimible de hacerse dueño del Estado y no tenía escrúpulos sobre los medios con los que lo conseguiría con tal de procurarse el poder. Su ánimo feroz se agitaba más y más cada día…” Hasta que un día se levantó una voz airada para decirle: “¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?”.

Es sabido el final que tuvo el personaje después de que el gran orador Marco Tulio Cicerón le lanzó esta pregunta y alertó, con pelos y señales, a las autoridades y al pueblo de Roma sobre sus perversos planes, con lo cual puso fin a sus ambiciones y consiguió sacarlo de la escena política para siempre.

Supongamos que alguien así hubiera aparecido en la política colombiana durante el gobierno de la ‘seguridad democrática’ y, tras perder una elección,  hubiera incitado a sabotear al Estado, traicionando a quienes habían compartido con él las responsabilidades públicas. ¿Cómo habría sido llamado un personaje de esta calaña por los José Obdulios y demás miembros de la cuadrilla que rodeaba al entonces Presidente de Colombia? ¿Y cómo llamarlo, si está apareciendo ahora?

Se ha dicho que lo que afecta a quien ocupó la Casa de Nariño hasta el 7 de agosto de 2010 no es una enfermedad mental. No es ella, entonces, la que explica “su espíritu temerario”, que lo lleva a condenar todo lo que hace su sucesor, ni “su deseo irreprimible de hacerse dueño del Estado”, que le impide ver la realidad de su situación como ciudadano en retiro, ni “su ánimo feroz”, que lo impulsa a casar peleas todos los días. Tampoco a ella se puede atribuir el hecho –rayano en traición a ‘la Patria’ de la que tanto alardea, pero que a él apenas le ganó unas blandas críticas de políticos oportunistas– de conspirar con ciudadanos extranjeros para atacar al gobernante legítimo de su propio país.

No es otra cosa lo que se descubrió en estos días por la filtración de unas conversaciones entre el aludido personaje y políticos de la oposición venezolana, ocurridas en territorio nacional. Y sin embargo, las reacciones de algunos dirigentes colombianos frente a una situación tan indigna fueron de una ligereza inverosímil. ¿Qué habría pasado durante el gobierno anterior si alguien hubiera propuesto a unos políticos extranjeros emprender una acción, así fuera solo retórica, contra el Presidente colombiano?

El presidente Juan Manuel Santos ha exhibido la paciencia de Job frente a todos estos desafueros. Ninguna de las destempladas declaraciones de su antecesor ha conseguido desdibujarle su casi permanente sonrisa. Ya dijo que nunca pronunciará una palabra hostil hacia quien tanto lo critica ahora. Es una actitud respetable y, en su caso, posiblemente la mejor para no contribuir a enrarecer el ambiente. Pero alguien debería advertirle al ofensor que su conducta perturbadora tiene que tener un límite.

No será, por supuesto, un exponente de la clase política quien ponga freno a estos dislates. Son demasiadas sus complicidades con el que dirigió la orquesta de las chuzadas, el acoso a los magistrados de las Cortes, la persecución a opositores y periodistas con el uso de las herramientas más innobles y muchas otras aberraciones de las cuales ya nadie quisiera acordarse. Pero ya es tiempo de que una voz con autoridad, ojalá en nombre del Estado, le haga al personaje de marras, si no la pregunta de Cicerón, al menos la más benévola que hizo una vez el Rey de España a otro latinoamericano no menos extravagante: “¿Por qué no te callas?”.