Por Leopoldo Villar Borda | Especial para Un Pasquín

Son parecidos en todas partes. En Estados Unidos, todos a una, los aspirantes republicanos a la presidencia defienden la tortura como arma predilecta para combatir el terrorismo. En España, los ultramontanos del Partido Popular (¡qué ironía!) regresarán al poder con una agenda que incluye la derogatoria de leyes como las del aborto y el matrimonio homosexual. En Chile, se oponen al cambio de un sistema que redujo los fondos públicos para la educación superior y encareció su costo para los alumnos. Y en Colombia, descalifican el comportamiento democrático de Juan Manuel Santos ante el movimiento estudiantil y piden represión, en vez de diálogo y concertación, para resolver la crisis educativa.

Unos son viudos del poder, otros lo ejercen o están a punto de ejercerlo a la manera autoritaria que siempre han preconizado. En nuestro caso, no se acostumbran a una de las principales consecuencias positivas del relevo presidencial del año pasado; una que trasciende los nombramientos, las propuestas legislativas o los decretos: el cambio de tono en el discurso oficial, en el que se dejó atrás lo que lo caracterizó en los ocho años anteriores: la amenaza, el insulto y la instigación al miedo.

Sólo los necios, los que se acostumbraron a vivir bajo la férula o los que usufructuaron su imperio se atreven a desconocer esta nueva realidad. Y lo hacen sin vergüenza, como lo muestran una columna de opinión publicada el 14 de noviembre en El Tiempo, o la increíble propuesta hecha por uno de sus accionistas de emplear pistolas eléctricas para disolver manifestaciones pacíficas. Pero esas voces serán cada día más aisladas. Porque el contraste entre la forma en que el actual gobierno ha enfrentado la protesta y las actitudes intolerantes del gobierno anterior se hace cada día más evidente a los ojos de todos.

Gracias al nuevo aire que se respira en el país desde hace 15 meses han sido posibles acontecimientos tan memorables como las marchas estudiantiles de los días recientes, que alguien comparó con las célebres jornadas de mayo de 1957, en las que los estudiantes se volcaron a las calles para participar en la batalla cívica que dio al traste con la única dictadura militar del siglo 20 en Colombia. Al margen de esta o de cualquiera otra comparación, la presencia masiva de las juventudes estudiantiles (acompañadas de profesores, trabajadores y padres de familia) en las calles de las ciudades ha sido una inyección de vitalidad democrática que nos estaba haciendo mucha falta. Gracias a ella, es probable que se empiece a borrar de las mentes de quienes fueron embaucados por la estrategia del miedo la falsa dicotomía que se quiso trazar entre buenos y malos colombianos, clasificados, por supuesto, a la manera de quienes hacían y deshacían en la Casa de Nariño.

Cuando es utilizada con perversidad desde el poder, la palabra puede tener un efecto devastador, como lo prueban muchos ejemplos de la historia, aquí y en el mundo entero. Surge, entre otros, el recuerdo de la fatídica expresión de “sangre y fuego” lanzada al desgaire por un connotado miembro del gobierno en los tiempos de la última hegemonía conservadora. Análogamente, la palabra del gobernante empleada con prudencia, discreción y justicia puede producir resultados muy benéficos, no solo para los gobernados sino también para quien la pronuncia.

Por fortuna, el segundo camino es el que Juan Manuel Santos escogió para enrumbar su gobierno, contra la visible resistencia de muchos políticos oportunistas que creyeron ver en él la prolongación del mandato anterior, signado por la arbitrariedad, la ambición desmedida y la corrupción. Y los resultados están tan a la vista que no hace falta ennumerarlos. Basta con registrar el que está más fresco, el del puente tendido a los estudiantes para llegar a la conciliación en vez de la confrontación arrogante y arbitraria.

Nadie podría decir que esta imperfecta democracia se limpió de todos sus vicios, pero ya es algo que desde las alturas del poder no estén lloviendo rayos y centellas para avivar los incendios, sino palabras y gestos civilizados para apagarlos. Aunque esto les duela a los cavernícolas.